Las supuestas bondades de la libertad del comercio

Las supuestas bondades de la libertad del comercio

1. El origen político del comercio internacional
Desde tiempos remotos, los países del orbe han mantenido relaciones comerciales para obtener los productos o mercancías de que carecían. En los inicios de la historia del comercio mundial, cada país determinaba su política en función de sus propias necesidades, sin tener en cuenta el interés general. El mercantilismo se mantuvo así hasta el siglo XVIII. Pero a la doctrina proteccionista de los mercantilistas le sucede la apología del laissez faire, laissez passer de los fisiócratas para los cuales el librecambio de mercancías impulsa a fortiori un crecimiento indiscutible de la producción y de la creación de riqueza. La Revolución Industrial también incidió en este estado de cosas, siendo necesario asegurar el aprovisionamiento de materias primas y encontrar nuevas salidas a una producción creciente, lo que se tradujo en el desarrollo del comercio colonial que favoreció a las economías dominantes en detrimento de las dominadas.
El origen político del comercio internacional explica la importancia que la competitividad ha tenido y tiene en su desarrollo. Conviene recordar que, como ha señalado Carl Schmitt , el concepto de “enemigo” es fundamental para la fundamentación de lo político. En tal sentido, podría decirse que esa insistencia en dotar de agresividad al comercio internacional, destacando básicamente su aspecto competitivo, y considerándolo como algo inseparable de la diplomacia (parodiando al mariscal-barón Von Clausewitz, hace ya unos doscientos años, diríamos algo así como que “el comercio es la continuación de la política por otros medios”), no es más que otro reflejo de la mentalidad estatalista directora de todo el proceso, que tiende a entender el comercio como un modo alternativo de continuar el hostigamiento entre los países. Vistas las cosas así, no tiene uno que extrañarse del lenguaje pseudomilitar (o paramilitar) que se usa en los libros y manuales de la llamada “estrategia competitiva”. A veces uno no sabe bien si van dirigidos a generales belicosos, a jefes guerrilleros o a pacíficos directivos de empresa.
En contraste con todo lo expresado, llama poderosamente la atención el modo tan “neutral” o apolítico con el que la teoría económica ortodoxa pretende presentar el comercio internacional . Desde los primeros modelos diseñados por A. Smith y D. Ricardo, con sus esquemas basados en las ventajas absoluta y relativa, respectivamente, hasta los modelos más recientes y sofisticados, como el de Heckscher, Ohlin y Samuelson, o el de Linder , que simplemente apuntaremos a continuación, el fenómeno del comercio internacional se presenta con una asepsia y neutralidad política, que mucho más tienen que ver con la meteorología física o la dinámica de los sistemas acuáticos que con el comportamiento profesional de agentes humanos de carne y hueso.

2. Las fuentes del movimiento librecambista
De lo que no cabe la menor duda es de que el movimiento librecambista fue, en sus inicios, un movimiento de intelectuales. Se sitúa en uno de los puntos de convergencia de dos corrientes esencialmente diferentes: el liberalismo económico, cuyas implicaciones librecambistas fueron precisadas por Ricardo en 1815, y el utilitarismo, que aspiraba a orientar la gestión de los asuntos públicos hacia la búsqueda permanente del interés general o “bien común”, por lo que sólo apoyaba medidas de inspiración liberal en la medida en que éstas pudieran procurar a la comunidad la mayor “utilidad” posible .
Si consideramos, ahora, que la “utilidad” de la comunidad es la suma de las “utilidades” individuales de sus miembros, sería conveniente realizar una pequeña acotación sobre la teoría de la conducta del consumidor, cuyo punto de partida acostumbrado es el postulado de la racionalidad. Se supone que el consumidor escoge entre todas las alternativas de consumo posibles, de manera que la satisfacción obtenida de los bienes elegidos (en el más amplio sentido) sea la mayor posible. Ello implica que se da cuenta de las alternativas que se le presentan y que es capaz de valorarlas. Toda la información relativa a la satisfacción que el consumidor obtiene de las diferentes cantidades de bienes y servicios por él consumidos, se halla contenida en su denominada “función de utilidad”, que es objeto de estudio por parte de la teoría microeconómica.
El concepto de utilidad y su maximización hállase vacío de todo significado sensorial. El aserto de que un consumidor experimente mayor satisfacción o utilidad de un automóvil que de un conjunto de vestidos, significa que si se le presentase la alternativa de recibir como regalo el automóvil o el vestuario escogería lo primero. Bienes que son necesarios para sobrevivir, como una vacuna cuando se declara una gran epidemia, pueden resultar para el consumidor de máxima utilidad, aunque el acto de consumirlas no lleve necesariamente aneja ninguna sensación agradable, como por ejemplo un molesto pinchazo.
Los economistas del siglo XIX W. Stanley Jevons, Léon Walras y Alfred Marshall consideraban la utilidad medible, al igual que es medible el peso de los objetos. Se presumía que el consumidor poseía una medida cardinal de la utilidad, v. gr., que era capaz de asignar a cada bien o combinación de ellos un número representando la cantidad de utilidad asociada con él. Los números que representaban cantidades de utilidad podían manipularse del mismo modo que los pesos de los objetos. Si suponemos que la utilidad de A es de 15 unidades y la de B de 45 unidades, el consumidor “preferiría” tres veces más B que A. Las diferencias existentes entre los índices de utilidad podrían compararse, pudiendo ello conducir a razonamientos curiosos como el siguiente: “A es preferible a B dos veces lo que C es preferible a D”. Los economistas del siglo XIX también suponían que las adiciones a la utilidad total del consumidor, resultantes del consumo de nuevas unidades de un producto, disminuían cuanto más se consumiese del mismo (algo así como la “ley de los rendimientos decrecientes” en agricultura).
Las hipótesis sobre las que está construida la teoría cardinal de la utilidad son muy restrictivas. Se pueden deducir conclusiones equivalentes partiendo de hipótesis mucho más débiles. Así, si el consumidor obtiene mayor utilidad de una alternativa A que de una B, se dice que prefiere A a B . El postulado de la racionalidad equivale a la formulación de las siguientes afirmaciones: 1º. En cada posible par de alternativas, A y B, el consumidor sabe si prefiere A a B, B a A, o está indeciso entre ellas. 2º. Sólo una de las tres posibilidades anteriores es verdadera para cada par. 3º. Si el consumidor prefiere A a B y B a C, también preferirá A a C. La última afirmación garantiza que las preferencias del consumidor son consistentes o cumplen la propiedad transitiva: si se prefiere un automóvil a un vestuario, y éste, a su vez, a un tazón de sopa, también se prefiere un automóvil a un tazón de sopa. Si se considera, por último que A es preferible a B y B es preferible a A y que, como consecuencia de ello, las preferencias del consumidor hacia A y B son las mismas, nos hallaremos en presencia de una “relación de orden estricto” desde el punto de vista de la Teoría de Conjuntos.
El postulado de la racionalidad, tal como acaba de establecerse, solamente requiere que el consumidor sea capaz de clasificar los bienes y servicios en orden de preferencia. El consumidor posee una medida de la utilidad ordinal, o sea, no necesita ser capaz de asignar números que representen (en unidades arbitrarias) el grado o cantidad de utilidad que obtiene de los artículos. Su clasificación de los mismos se expresa matemáticamente por la mencionada “función de utilidad”, que no es única y se supone continua, así como su primera y segunda derivadas parciales. Ésta asocia ciertos números con diversas cantidades de productos consumidos, pero aquellos números suministran sólo una clasificación u orden de preferencia. Si la utilidad de la alternativa A es 15 y la de la B es 45 (esto es, si la función de utilidad asocia el número 15 con la alternativa o bien A y el número 45 con la alternativa B) sólo puede decirse que B es preferible a A, pero es absurdo colegir que B es tres veces preferible a A.
Esta nueva formulación de los postulados de la teoría del consumidor no se produjo hasta finales del siglo XIX. Es notable que la conducta del consumidor pueda explicarse tan correctamente en términos de una función de utilidad ordinal como en los de una cardinal. Intuitivamente, puede verse que las elecciones del consumidor están completamente determinadas si tiene una clasificación (y sólo una) de los productos, de acuerdo con sus preferencias. Uno puede imaginarse al consumidor poseyendo una cierta lista de productos en orden decreciente de deseabilidad; cuando percibe su renta disponible empieza comprando productos por el principio del listado y desciende tanto como le permite dicha renta . Por lo tanto, no es necesario presumir que se posee una medida cardinal de la utilidad; es suficiente con sostener la hipótesis, mucho más débil, de que posee una clasificación consistente de preferencias .

3. El fracaso de los viejos y nuevos modelos
Así como en el siglo XIX Ricardo había explicado que la división internacional del trabajo obraba a favor del interés de los países participantes en el comercio, que todos salían ganando con el intercambio, que se trataba, de alguna manera, de un juego de suma positiva, que era necesario que cada país se especializara en aquellas áreas cuya productividad resultara superior (o la menos débil, en el caso de los países retrasados), se han avanzado otras teorías para explicar el impulso de los nuevos países industriales en las exportaciones mundiales .
En efecto, todo país dispone de los factores clásicos de la producción: tierra, trabajo y capital, en las cantidades propias de su momento y de su economía. Cada tipo de producto requiere una proporción fija de esos factores. Por ejemplo, para producir acero es necesario disponer de más capital que para fabricar textiles; en consecuencia, el acero será menos caro allí donde el factor capital sea abundante; el textil lo será allí donde la mano de obra sea abundante y, por lo tanto, barata. Y las patatas también serán más baratas allí donde existan más terrenos agrícolas edafológica y climáticamente adecuados para su cultivo. Pues bien, si existe librecambio total, cada país desea especializarse en la producción que precisa del factor que posee en abundancia y exportar esa producción. Ésta es, en síntesis, la teoría desarrollada por los suecos Heckscher y Ohlin en 1933 y retomada por Samuelson años después. Las iniciales de estos economistas dan nombre al famoso teorema HOS (Heckscher-Ohlin-Samuelson).
Sin embargo, la realidad misma ha venido a desmentir la veracidad de estos modelos. Según ellos, se debería esperar que los países en que el factor capital es abundante exportaran productos de alto valor añadido, cuya fabricación exige el empleo de este factor en una gran proporción; pero ello no ha sido así. Los USA y la UE son dos exportadores importantes de productos agrícolas no transformados. Asimismo, en el bloque de los países del Este y durante el largo reinado soviético, las principales exportaciones de la antigua URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) hacia sus satélites europeos fueron energéticas (gas natural y petróleo) cuando, en el seno del COMECON o CAEM (Consejo de Asistencia Económica Mutua), la URSS era un país con una alta proporción del factor capital.
Por otra parte, el economista americano y premio Nobel de origen ruso W. Leontieff , en un estudio publicado en 1953 sobre los Estados Unidos, demostró la especialización de aquel gran país en productos y exportaciones necesitados esencialmente del factor trabajo. Pues bien, en base a los modelos librecambistas señalados, ¿cómo podían los USA entrar en la flagrante contradicción de ser competitivos en productos que requerían mucho factor trabajo, sabiendo que sus costes laborales son elevados?.
Para juzgar las ventajas y los inconvenientes de la globalización es necesario distinguir entre las diversas modalidades que adopta ésta, ya que diferentes formas pueden conducir a resultados positivos y negativos. El fenómeno de la globalización engloba al libre comercio internacional, al movimiento de capitales a corto plazo, a la inversión extranjera directa, a los fenómenos migratorios, al desarrollo de las tecnologías de la comunicación y a su efecto cultural. Por ejemplo, la liberalización de los movimientos de capital a corto plazo -sin que haya mecanismos compensatorios que prevengan y corrijan las presiones especulativas- han provocado ya graves crisis en diversas regiones de desarrollo medio: sudeste asiático, México, Turquía, Argentina… Estas crisis han generado una gran hostilidad hacia la globalización en las zonas afectadas. En Argentina tenemos un reciente ejemplo. Sin embargo sería absurdo renegar, por sistema, de los flujos internacionales del capital, que son imprescindibles para el desarrollo económico y social de los pueblos.
En general, tal y como se ha argumentado en epígrafes anteriores de este tema, el comercio internacional es positivo para el progreso económico de todos y para los objetivos sociales de eliminación de la pobreza y la marginación social. Sin embargo, la liberalización comercial, aunque beneficiosa para el conjunto del país afectado, provoca crisis en algunos sectores que requieren la intervención del Estado. ¡Ojalá los defensores radicales del libre comercio aceptaran el criterio paretiano, de forma que los perjudicados por el progreso general sean solidariamente compensados! .
Conviene, por tanto, ponerse en guardia y someter a un riguroso análisis los cánticos a las bondades y maravillas de la libertad de comercio, que se fundamentan en unos modelos aparentemente “tan neutrales”. Según esos modelos, el comercio internacional es un proceso “naturalmente benéfico”, de tal modo que, si no fuese por los malditos obstáculos e interferencias que interponen los gobiernos de las naciones (el siempre denostado Sector Público), se produciría un reparto justo, equitativo y saludable de la riqueza y de la paz entre todos los pueblos de nuestro planeta azul.