Las instituciones financieras internacionales
1. La ya lejana experiencia de Bretton Woods
Desde la gran depresión y el hundimiento financiero del año 1929, Norteamérica apostaba por un mundo económico con los siguientes rasgos: mercados abiertos, monedas convertibles, estabilidad en los tipos de cambio, facilidad para los movimientos de capital, cooperación internacional y primacía de la iniciativa privada. En 1944, antes de que acabara la segunda gran guerra, se firmaron en Bretton Woods, los acuerdos que daban vida al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial. Sobre el FMI, que debía ocuparse de la cooperación internacional, descansaría todo un sistema de cambios fijos basados en los siguientes compromisos:
-Todas las monedas debían ser convertibles y mantener, a través del oro, una paridad fija con el dólar, con un margen del +/- 1%.
-Podría haber reajustes de paridades en caso de desequilibrio fundamental de la balanza de pagos.
-Para cubrir desequilibrios no fundamentales de la balanza de pagos, el FMI pondría a disposición de los países unos recursos a cambio de cumplir ciertas condiciones.
Este sistema de cambios fijos descansaba sobre una condición fundamental: la estabilidad del dólar (un dólar estable significa un equilibrio continuado en la balanza norteamericana) y una doble asimetría; ésta suponía que los países con superávit no tendrían la obligación de corregir su desequilibrio expandiendo así su crecimiento y, por otro lado, que Norteamérica no se vería obligada al ajuste en caso de desequilibrio, pues al tratarse del país de moneda-reserva, sus desequilibrios se financiarían con su propia moneda.
El sistema requería, no obstante, la estabilidad de su moneda clave, el dólar. La obligación de sostener los cambios implicaba, para los diferentes bancos centrales, la perentoriedad de mantener un nivel suficiente de reservas. La asimetría en el ajuste exterior atacaba la estabilidad del billete verde.
El sistema de Bretton Woods reflejaba la idea de una armonía de intereses entre todos los países y de la posibilidad de maximizar la renta mundial mediante la liberalización de los flujos de comercio y pagos y la pronta convertibilidad de las monedas, con independencia de las políticas económicas seguidas por los distintos países.
Un rasgo importante fue el papel asignado al FMI. En primer lugar, los países miembros contribuían a los recursos del Fondo mediante una cuota, desembolsando un 25% en oro y el resto en moneda; en segundo lugar, los préstamos eran concedidos a los países con desequilibrios no fundamentales de la balanza de pagos, a cambio de cumplir toda una serie de condiciones; tercero, en el caso de producirse desequilibrios fundamentales, los países podían devaluar la moneda. De hecho, el FMI reflejaba más los temores y fantasmas del pasado que las necesidades del presente.
El sistema así concebido, sin embargo, presentaba algunas debilidades que pasamos a enumerar: 1) La confianza internacional en el valor de la moneda (dilema de Triffin) o incapacidad del sistema para dar solución conjunta al problema de liquidez (crecimiento adecuado de las reservas) y al de confianza (mantenimiento de la relación dólar-oro pactada). El dilema de Triffin anticiparía que el resultado final sería que cuando los pasivos exteriores norteamericanos se hubiesen hecho demasiado abundantes, los bancos centrales de los demás países empezarían a convertir los dólares en oro al precio fijo de 35 $ la onza, lo que al reducir las reservas de oro norteamericanas minaría los fundamentos del propio sistema y lo haría saltar en pedazos. 2) El problema del ajuste, que tenía una triple raíz, a saber: a) la resistencia de los países a practicar las políticas necesarias para mantener la cotización exterior de una moneda, b) la asimetría entre los países excedentarios y los deficitarios y c) la asimetría entre el país con moneda-reserva y el resto de los países. 3) El exceso de dólares minaba la confianza en una moneda y disparaba su conversión en oro.
Como consecuencia de la puesta en marcha del Sistema, se fueron presentando sucesivamente diversas “turbulencias”. El primer sobresalto tuvo lugar en el año 1960, en forma de compras especulativas de oro a partir de marcos alemanes adquiridos con dólares. También aquellos años fueron testigos de las crisis sucesivas de la libra esterlina, debida a la sobrevaloración decidida por el Gobierno Británico de la época. En 1967 se desencadenó una tormenta especulativa contra el dólar, seguida de compras masivas de oro. En 1968 y 1969, las principales tensiones se dirigen hacia el franco y el marco. Hacia finales de 1970, va a producirse una venta masiva de dólares contra monedas europeas, lo que llevó a la consecuencia de dejar flotar el marco, a la que siguieron otras monedas. Las condiciones anunciadoras de la ruptura del sistema se habían, pues, producido.
Posteriormente, tiene lugar la quiebra del Mecanismo de paridades fijas. En agosto de 1971, el gobierno del presidente Nixon adopta tres medidas que anuncian la desaparición del sistema, a saber: 1) suspende la convertibilidad oro o divisas del dólar, 2) impone un arancel adicional del 10% sobre las mercancías importadas, 3) reduce un 10% su ayuda exterior. El romperse el nexo de unión existente entre dólar y oro, el sistema se rompe y se produce la flotación de las demás monedas ligadas entre sí por su valor en oro. En 1973, el Grupo de los Diez decide la flotación generalizada de las monedas, que se consagra en 1976 en Jamaica cuando acontece la primera gran crisis del petróleo y los movimientos de capital ya no dejan volver al sistema de paridades fijas.
Desde 1976, se sustituye el sistema por un no-sistema. Los países miembros podrán: 1) mantener fijo el valor de su moneda, 2) establecer un régimen cooperativo para un conjunto de monedas, y 3) elegir cualquier otro régimen cambiario posible. Los países de la CEE crearon, a partir de 1979, una zona de estabilidad monetaria, el Sistema Monetario Europeo (SME), que implica la relación fija de las monedas entre sí y su flotación respecto al dólar; este sistema quedó transformado en 1993, al ampliarse las bandas de fluctuación de la “serpiente monetaria”. La actuación del FMI, en fin, ha quedado limitada a la tarea de supervisión: revisa las economías de los diferentes países y sus tipos de cambio y además efectúa periódicamente una serie de recomendaciones que resultan más o menos atendidas por los respectivos gobiernos nacionales.
2. El rol pasado y presente de estas instituciones
Nunca antes los diferentes medios de comunicación se habían interesado tanto como ahora por las principales instituciones económicas internacionales, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. Sólo la prensa especializada y las secciones de economía de la prensa diaria se referían a ellas con motivo de la publicación de sus principales informes o cuando los ministros de finanzas, los presidentes de los bancos centrales o las máximas autoridades de los países miembros eran convocados a sus reuniones anuales. Pero difícilmente eran objetivo de titular en la primera página de los periódicos o noticia de apertura de los telediarios, salvo en muy contadas ocasiones.
En 1947, dos años después de acabada la Segunda Guerra Mundial, los países aliados, con Estados Unidos a la cabeza, decidieron sentar las bases de un sistema multilateral de comercio que superara el desastroso deterioro que experimentaron las relaciones comerciales internacionales en el período de entreguerras, y que probablemente fue uno de los factores que más contribuyeron a dicho conflicto bélico. El resultado fue la firma del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), cuyo objetivo era liberalizar progresivamente el comercio mundial, eliminando las trabas establecidas por los estados nacionales y sustituyéndolas por la cooperación entre ellos. El GATT formaba parte de un proyecto de ordenamiento de las relaciones internacionales que se ponía en marcha casi al mismo tiempo que el Fondo Monetario Internacional, dedicado a sentar el orden en el sistema monetario, y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (Banco Mundial), destinado complementariamente a canalizar el ahorro a largo plazo.
Los principios básicos que inspiraron el GATT fueron los siguientes:
No-discriminación, esto es, que cualquier ventaja que un país contratante conceda a otro, se extiende automáticamente a todos los demás, a excepción de en los siguientes casos: 1) Los sistemas de preferencias existentes en el momento de la suscripción del acuerdo, 2) Las zonas de libre cambio y las uniones aduaneras (procesos de integración), y 3) Sistema de Preferencias Generalizadas, que es una serie de preferencias arancelarias que los países más desarrollados concederán a los menos desarrollados para un conjunto de mercancías, en especial las manufacturas.
Reciprocidad, el país beneficiario de una serie de reducciones arancelarias debe ofrecer concesiones similares, ya que, de lo contrario, los países llevarían a los gobiernos a ofrecer menos contrapartidas que las ventajas recibidas, quebrando el principio de igualdad de oportunidades.
Transparencia, consistente en permitir que sean los precios los que regulen el funcionamiento de los mercados. Esto no excluye la posibilidad de utilizar controles directos para resolver los desequilibrios temporales que se puedan presentar en la balanza de pagos. Las sucesivas “Rondas”, en fin, constituyen el mecanismo en el cual se llevan a cabo las reducciones arancelarias y los compromisos de liberación de los mercados.
El GATT fue un acuerdo de carácter provisional, puesto que la intención inicial era la de crear una organización internacional de comercio, pero al no ser ello posible subsistió bajo esta forma durante muchos años, contribuyendo directamente a la apertura y expansión del comercio entre los países que lo suscribieron. Hasta 1995 no se alcanzó el consenso necesario para que el GATT se convirtiera en una auténtica institución, creándose entonces la actual Organización Mundial de Comercio (OMC).
Tal como hemos explicado en el apartado anterior de nuestro libro, y sobre lo que volveremos a incidir en capítulos sucesivos del mismo, la Organización Mundial del Comercio (OMC) alcanzó un protagonismo inusitado en noviembre-diciembre de 1999 en la ciudad norteamericana de Seattle, en donde tuvo lugar su III Conferencia Ministerial, convocada para iniciar la nueva ronda de negociaciones comerciales internacionales, conocida como la “Ronda del Milenio”.
Repasando un poco la historia aquí relacionada, veamos que en la Conferencia de Bretton Woods de julio de 1944 nacieron dos instituciones: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF, más comúnmente conocido como Banco Mundial). El FMI, con el mandato de velar por la estabilidad de los tipos de cambio de las monedas, de promover y supervisar el compromiso de los países miembros, de liberalizar las restricciones en los pagos por operaciones contabilizadas en la balanza por cuenta corriente (exportaciones, importaciones y balanza de servicios) y de proveer de recursos financieros temporales a los países con problemas en su balanza de pagos. El Banco Mundial, con el mandato expreso de proveer de recursos financieros, tanto para la reconstrucción como para el desarrollo económico. Estas dos instituciones, pues, se encargarían de la cooperación económica internacional en dos de los tres ejes fundamentales de las relaciones económicas internacionales: el monetario y el financiero.
Sin embargo, quedó pendiente la creación de una institución encargada de regular específicamente las relaciones comerciales internacionales, tal como se expresó en la propia Conferencia de Bretton Woods. Los trabajos preparatorios fueron realizados por las delegaciones americana e inglesa, inspirándose en los acuerdos recíprocos que había firmado Estados Unidos con numerosos países en el período comprendido entre 1934 y 1945. Sin embargo, ambas delegaciones mostraron algunas discrepancias de enfoque. Mientras los americanos defendían un enfoque básicamente liberal, los ingleses supeditaban esta liberalización a la prioridad de la política de pleno empleo. Esta discrepancia afectaba a los límites que se podían establecer en los compromisos de liberalización comercial y su supeditación al logro del pleno empleo.
Los países recurrieron al uso de las denominadas barreras no arancelarias y, también, a la utilización de subvenciones para la promoción de sus exportaciones. Estas prácticas recibieron respectivamente, la denominación de neoproteccionismo y neomercantilismo . Las más utilizadas fueron: las reglamentaciones técnicas, los métodos de valoración de aduanas, las licencias de importación, la aplicación incorrecta de derechos antidumping y derechos compensatorios y la concesión indebida de subvenciones.
La creación de amplios aparatos de vigilancia supranacionales y (no tanto) de los procesos económicos y financieros (y también de los políticos), por un tiempo pareció dar con la garantía necesaria para sostener el empuje de la Globalización. Sin embargo, hoy ve sus límites. Estos aparatos fueron simples adaptaciones de las organizaciones creadas, con fines más inocentes, en los referidos acuerdos de Bretton Woods. Se trata, como ya se ha dicho, del FMI y del Banco Mundial. Pero luego se agregó toda una extensa plétora de Instituciones que obedecían a diversas dificultades en el desarrollo capitalista que precisaba de foros de solución para exponer y debatir sus innumerables controversias. Por ejemplo, en la época más reciente han destacado la OMC, el Grupo de los 7 (ahora ya G-8, con el añadido de Rusia) y el foro de Davos, para no mencionar a otros de rango inferior.
Todas estas instituciones, e incluso algunas otras, podrían agruparse esquemáticamente, por su finalidad y recursos, del siguiente modo:
Principales Organismos Internacionales Función Principal Recursos del Organismo
- Fondo Monetario Internacional Financiar desequilibrios de la balanza de pagos Cuotas de los países miembros
Grupo del Banco Mundial
- Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo ( BIRF o BM) Financiar proyectos y programas de desarrollo Recursos propios y emisión de bonos en los mercados internacionales
- Asociación Internacional de Fomento Financiar proyectos y programas de desarrollo en los países más pobres Aportaciones de los países miembros
- Corporación Financiera Internacional Potenciar el crecimiento del sector privado en los países en desarrollo Recursos propios y emisión de bonos en los mercados internacionales
- Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones Cubrir riesgos de la inversión extranjera en países en desarrollo Recursos propios y primas de las pólizas de seguros
Grupo de Bancos Regionales de Desarrollo
- Banco Interamericano de Desarrollo (BID) Financiar proyectos y programas de desarrollo en su zona Recursos propios y empréstitos en mercados internacionales
- Banco Asiático de Desarrollo Financiar proyectos y programas de desarrollo en su zona Recursos propios y empréstitos en mercados internacionales
- Banco Africano de Desarrollo Financiar proyectos y programas de desarrollo en su zona Recursos propios y empréstitos en mercados internacionales
- Banco Europeo de Desarrollo (BED) Recomposición de la economía del Este y la URSS Recursos propios
El factor de vigilancia ha tenido, sin embargo, dos niveles bien diferenciados: uno financiero y otro político y militar. Este último, casi siempre, a cargo del gigante norteamericano. En el ámbito financiero, últimamente, han sobresalido el FMI y el Banco Mundial en sus afanes muy extensos de contenedores de la crisis, hasta que demostraron su ineficiencia en la ejecución de dicha labor. Ahora mismo, el juego en ese campo está en el privilegiado lugar que, como Presidente de la Reserva Federal USA, ocupa Mr. Greenspan. Para aquellas instituciones, que en algún momento histórico pusieron las bases para la entrada en vigor de la Globalización económica con la liberación de los mercados, que llegaron a todas partes con su recetario de remoción de subsidios a la agricultura, a los alimentos, a las medicinas, etc., que prohijaron las privatizaciones, el libre comercio y el pago de las deudas, que propiciaron la especulación financiera, hoy su función práctica se reduce a la de operar como simples mecanismos anti-crisis, con un restringido recetario de austeridades, reformas fiscales y recortes salariales. La limitación de su operación es obvia. Después de un período en que estas instituciones trataban sólo con los Gobiernos proclives, ahora tienen que vérselas con una montante oposición de masas. Mientras, al trasladarse la crisis hacia el interior de las mayores economías, tanto el FMI como el Banco Mundial se desvanecen progresivamente.
Hay que reconocer, al respecto, que el gran auge económico que se ha producido en los EE. UU. en los últimos tiempos tiene mucho que ver con las políticas diseñadas por el gobierno del Presidente Clinton y, particularmente, por Mr. Greenspan. En este sentido, la Reserva Federal no se limitó a mantener la estabilidad de los precios como el Banco Central Europeo con el holandés Wim Duisenberg a la cabeza, al cual parece que sólo le preocupe combatir la inflación (por cierto que en febrero de 2002 ya ha anunciado su cese voluntario anticipado del importante cargo que ocupa). Greenspan también se siente responsable del crecimiento de la economía y del mantenimiento y la creación de nuevos puestos de trabajo. En el año 1994 constituía una ley sagrada, para el banco emisor, que la inflación amenazaba gravemente la economía si la tasa de desempleo bajaba del 6%; pero cuando se alcanzó este valor considerado “límite” y la inflación siguió comportándose razonablemente bien, Greenspan resistió las presiones y no intervino reduciendo la cantidad de dinero, lo que demuestra su escaso apego a las teorías monetaristas. Se llegó a bajar hasta un 4% de tasa de desempleo y, sin embargo, la inflación no subió, en buena medida porque Alan Greenspan tuvo el coraje de enfrentarse a las doctrinas y terapias tradicionales.
Las instituciones financieras internacionales antedichas gustan de pavonear su contribución a la prosperidad global, que es condición necesaria para garantizar la estabilidad del sistema financiero. Sin embargo, la frecuencia, profundidad y larga duración de las sucesivas crisis financieras, económicas y cambiarias acaecidas en las últimas décadas en el Sudeste asiático, en Rusia o en la América Latina, han puesto de manifiesto las disfunciones de la globalización, que son consecuencia de la debilidad de dichas instituciones para asegurar el cumplimiento de sendos objetivos fundamentales: a) garantizar la estabilidad financiera internacional, contribuyendo a solucionar los problemas más acuciantes de los países más colapsados financieramente y b) avanzar en la erradicación de la pobreza en los países más necesitados del orbe.
Recientemente, las políticas del FMI y del Gobierno estadounidense contribuyeron a la crisis financiera asiática que transmitióse a todo el mundo, al forzar a la desregulación de los capitales financieros (en países que no tenían precisamente escasez de capitales, como eran los del Sudeste asiático) al objeto de proporcionar salida al capital financiero USA. Tal desregulación, como bien señala el antiguo director económico del BM Joseph Stiglitz en un brillante artículo publicado en la revista estadounidense The New Republic, constituyó una de las causas fundamentales de aquella crisis. Y por si ello fuera poco, cuando se desató la crisis, sus mencionados responsables presionaron a aquellos países para que llevaran a cabo una larga serie de políticas de austeridad (con importantes recortes del gasto público y social), desregulación de sus mercados laborales y privatizaciones de servicios y empresas públicas que todavía empeoraron más la situación de las clases populares, al afectar negativamente a su nivel de vida y a la redistribución de la renta y de la riqueza.
Y no obstante, aún hoy, machacona e imperturbablemente, una economía global modelada en los libres mercados angloamericanos sigue siendo el objetivo declarado del Fondo Monetario Internacional y de las otras organizaciones transnacionales similares. Pero los mercados globales son máquinas de destrucción creativa. Como los mercados del pasado, no avanzan en olas lisas, armónicas y graduales. Progresan a través de ciclos erráticos de auges y quiebras, tormentas monetarias, manías especulativas y crisis financieras. Como sucediera con el capitalismo en el pasado, el capitalismo global logra hoy su prodigiosa productividad destruyendo viejas industrias, oficios tradicionales y modos de vida en armonía con la Naturaleza. Pero, eso sí, en una escala mundial.
3. El futuro de estas instituciones
Veamos que la hipótesis clásica consistente en privilegiar los beneficios, con la esperanza de que podrán ser reinvertidos, choca frontalmente en el Tercer Mundo con el hecho incontrovertible de que una parte considerable de estos beneficios simplemente no son reinvertidos. Sin embargo, el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) e incluso los denominados “bancos regionales”, como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), siguen sosteniendo prioritariamente los proyectos privados, aplicándoles siempre los estrictos criterios de rentabilidad del mercado. De una manera general, por tanto, la banca mundial ha acentuado fuertemente, estos últimos años, su discurso liberal. Pues bien, creemos sinceramente que este proyecto es un gran error, porque hay que comprender que en un gran número de países subdesarrollados, dado que el sector privado nacional es rudimentario, la palabra “privado” tiende a considerarse ipso facto como sinónimo de “extranjero”.
Hay que tener en cuenta, por otra parte, que el BM, como otras instituciones internacionales, débese a los diferentes gobiernos. Las críticas, pues, a sus pautas de comportamiento deberían ser dirigidas no sólo al organigrama interno del propio Banco, sino también a sus Estados miembros. La primera de ellas quizás fuera que el BM parte de una paradoja o contradicción de base: funciona como un banco comercial y tiene como objetivo prioritario el acabar con la pobreza en el mundo. Las soluciones a este dilema están fuera del propio banco, en la estructura financiera internacional y en la manera cómo se resuelve el problema planteado, que el Banco intentó dar respuesta aunque de forma errónea: mediante la financiación del desarrollo.
Sucede que el BM no se crea para canalizar fondos públicos en forma de donaciones o subvenciones a fondo perdido a los países pobres, sino que realiza funciones de intermediario entre el mercado privado y los países en desarrollo. La institución, pues, como banco, toma prestado el dinero y lo adjudica en forma de créditos, con lo que provoca todavía mayor endeudamiento en el prestatario, estando más interesado en el rescate de los créditos concedidos que en la mejora de los sistemas financieros de dichos países, razón por la que sólo se consigue la perpetuación de la problemática original. El gran reto pendiente -huyendo de este modismo de origen anglosajón que se viene utilizando, invariablemente, frente a un proceso de consecuencias desconocidas para los propios promotores- de la reforma del Banco está, a nuestro juicio, en cómo se puede conseguir que exista una transferencia positiva de capital desde los países ricos a los pobres, y no que se produzca el simulacro o espejismo de ayuda que acabamos de describir.
Lo que tiene lugar, hoy por hoy, es una especie de beneficiencia pública a escala internacional. Los gobiernos de los Estados miembros dan lo que quieren a quien quieren, cuando y cómo les conviene. El principio básico del proceso estriba en la voluntariedad de la ayuda al desarrollo. Por ello, no sería desaforado el establecimiento de reglas imperativas que fijen contribuciones obligatorias en función de ciertos parámetros o criterios objetivos de pobreza. Con excesiva frecuencia, los donantes prestan el dinero no necesariamente a los países que más los necesitan, sino a aquellos en los que tienen mayores intereses políticos o económicos.
Las políticas propuestas por el BM, el FMI y la OMC tienen costes sociales elevados, lo cual favorece el crecimiento de las desigualdades sociales a escala mundial y en muchos países, tal como documenta el prof. Vicenç Navarro en su libro titulado “Globalización económica, poder político y Estado de bienestar”, existiendo una relación clara entre la desregulación de los capitales financieros y mercados laborales y la disminución del gasto público y social, lo que explica las movilizaciones sociales producidas en todo el mundo en contra de tales instituciones.
Probablemente, las funciones para las que fueron creadas las instituciones financieras multilaterales, en la actualidad, han perdido una buena parte de su sentido original, lo que pone bajo sospecha su obsolescencia para hacer frente a los retos de la sociedad mundial actual. En el caso del FMI, por ejemplo, ha desaparecido el objetivo básico de garantizar el ajuste de la balanza de pagos en el sistema vigente de patrón-oro y de cambios fijos ajustables. En relación al BM, la finalidad de facilitar financiación a los países pobres que no tengan acceso a los mercados internacionales, bajo la premisa de la falta de financiación privada en un marco de control del capital, carece de sentido porque parte de una hipótesis comprobadamente falsa .
4. La última ronda de negociaciones comerciales internacionales
Como organización internacional, la OMC tiene tres objetivos principales:
• Ayudar a que las corrientes comerciales circulen con la máxima libertad posible.
• Alcanzar gradualmente una mayor liberalización de los intercambios.
• Establecer un mecanismo imparcial de solución de las diferencias que se puedan presentar.
Dentro de la OMC, la Conferencia Ministerial constituye el órgano más importante de la estructura rectora. Es en la Conferencia Ministerial donde se adoptan las decisiones de mayor calado político y donde se puede decidir sobre cualquiera de los asuntos que afecten los Acuerdos Comerciales Multilaterales de la OMC (como es el caso, por ejemplo, del Acuerdo de Agricultura).
La Conferencia se debe reunir, por lo menos, una vez cada dos años y, desde la creación de la OMC, lo ha hecho cuatro veces hasta la fecha, a saber:
• Singapur: 9-13 de diciembre de 1996.
• Ginebra: 18-20 de mayo de 1998.
• Seattle: 30 de noviembre al 3 de diciembre de 1999.
• Doha: 9-14 de noviembre de 2001.
En la IV Reunión Ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC), que tuvo lugar en Doha, capital de Qatar, del 9 al 14 de noviembre de 2001, se produjeron dos acontecimientos ciertamente importantes: la admisión de dos nuevos miembros a la Organización, China y Taiwan, a partir del 1 de enero de 2002, y el logro del consenso de sus 142 países miembros para iniciar una nueva ronda de negociaciones comerciales multilaterales (la última fue la llamada Ronda Uruguay del GATT), la primera que tendrá lugar bajo los auspicios de la OMC, creada en 1995, con el objetivo ya explicado de liberalizar aún más el comercio mundial.
Con relación a la admisión de estos dos nuevos países, se cierra un periodo de largas negociaciones, que en el caso de China ha durado 15 años. Ambos tienen una participación importante en el comercio internacional que será potenciada en años venideros con la nueva apertura de sus mercados a la competencia internacional, tanto de mercancías como de servicios.
En cuanto a la nueva ronda de negociaciones comerciales internacionales, el consenso para iniciarla no ha sido fácil. Ya hubo un intento fallido y sonoro en la III Conferencia Ministerial de la OMC celebrada en Seattle, hace dos años. Desde entonces, se ha trabajado intensamente para eliminar las diferencias que impedían un acuerdo sobre los temas a incluir en las negociaciones y sobre el alcance que se esperaba de ellas. A pesar de ese trabajo previo, fueron necesarios, además, seis días de intensas negociaciones para, finalmente, lograr la convocatoria formal de negociaciones. A partir de ahora, empieza a contar el reloj y se inicia un periodo de tres años durante los cuales los países deberán negociar y lograr acuerdos en todos los capítulos pactados.
Cabría preguntarse, a la postre, ¿por qué ha sido tan difícil convocar esta nueva ronda?. Para contestar a esta pregunta, debemos analizar primero las razones que llevaron a la propuesta de convocarla y, en segundo lugar, los problemas surgidos para lograr pactar su contenido.
La convocatoria de una nueva ronda se justifica por varios motivos. En primer lugar, en algunos de los acuerdos de la OMC estaba ya estipulado que se iniciarían nuevas negociaciones en el año 2000. Ello era así para el comercio agrícola, el comercio de servicios y también debía revisarse el funcionamiento del Acuerdo sobre Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC). Por lo tanto, se abría un periodo de negociaciones separadas sobre dos importantes componentes del comercio internacional: la agricultura y los servicios, cuyos pesos específicos en el comercio mundial, en el año 2000, eran del 7,3% y del 18,8%, respectivamente. Ambos sectores contribuyen, además, a los dos tercios de la producción mundial y emplean un porcentaje similar de la población activa. Por otro lado, se procedía a una revisión importante de un acuerdo complejo como el ADPIC.
En segundo lugar, debía concretarse si se iniciaban negociaciones sobre los temas de futuro de la OMC, a saber: el comercio y el medio ambiente, las normas sobre inversiones internacionales y las normas sobre la competencia.
Todos estos temas han sido y son objeto de estudio dentro de la Organización con el fin de determinar si la OMC deberá regularlos, sobre la base de sus vínculos y sus repercusiones en el comercio internacional y, en caso afirmativo, cuál sería el alcance de dicha regulación.
En tercer lugar, había que continuar con la labor iniciada con el GATT desde 1948 y proseguir con las consabidas reducciones arancelarias que gravan las transacciones comerciales y, de este modo, supuestamente, favorecer la expansión de la economía internacional. Existía, por lo tanto, una base suficiente de temas para negociar y, además, como la historia de las relaciones comerciales internacionales corrobora, la inclusión de todos los temas anteriormente detallados en una nueva ronda negociadora debía permitir maximizar los posibles resultados de las negociaciones. Ello es así porque los intereses de los países en las negociaciones comerciales no son totalmente coincidentes y es necesario, en aras de lograr un acuerdo provechoso, que las demandas de todos ellos estén presentes y que el resultado o consenso final pueda ser equilibrado. Por todo ello, los países consideraron que había llegado el momento de iniciar un nuevo periodo de negociaciones multilaterales y con ese objetivo se negoció en Seattle en el año 1999.
También hubo serias discrepancias sobre el alcance de las negociaciones entre los propios países desarrollados. Así, mientras Estados Unidos defendía, sin claras contrapartidas, una agenda limitada a la agricultura, los servicios, estándares laborales, normas medioambientales y el comercio electrónico, la Unión Europea, con el apoyo de Japón, defendía la inclusión de las inversiones y normas de la competencia y pretendía emprender negociaciones agrícolas con compromisos limitados. Todas estas discrepancias dieron, como resultado, que la III Conferencia Ministerial fracasase en su cometido y que la convocatoria de una nueva ronda de negociaciones multilaterales quedara finalmente aplazada , aunque se espera la próxima Conferencia Ministerial para el otoño del 2003.










