Las empresas multinacionales y el comercio internacional
1. Los efectos discutibles de la multinacionalización
A la vista de los resultados, podemos intuir que ya no son sólo las grandes instituciones internacionales las que dudosamente pueden aportar soluciones satisfactorias a los problemas de la más justa distribución de la renta y de la riqueza en el mundo del siglo XXI. La influencia y el poder de las grandes empresas multinacionales, como ya se ha señalado en algún otro pasaje del presente libro, interfieren distorsionando el comercio internacional mediante sendos tipos de actuaciones :
A) Cambiando los parámetros del problema comercial por sus intercambios internos: Mediante la instauración de una especie de división del trabajo interno en sus instalaciones dispersas por el mundo, que fabrican uno o varios componentes de un mismo producto que son ensamblados en otro lugar. Tiene lugar, así, una especie de comercio intramultinacionales, en que cada filial se especializa en una actividad de mayor o menor valor añadido, dependiendo del nivel de desarrollo de cada país, la cualificación de la mano de obra, los costes salariales, la existencia de materias primas u otros diversos factores. De este modo, una gran parte del comercio mundial corresponde a intercambios internos entre las diversas filiales, por lo que resulta difícil determinar la nacionalidad real del producto final al proceder sus componentes o inputs de orígenes dispersos.
B) Implantándose con el fin de deslocalizar la producción: En este caso, las exportaciones son reemplazadas por producción local, ya sea de una filial o bien de una joint venture (empresa conjunta). Sus motivaciones son diversas: los “transplantes” japoneses con producción europea, consistentes en el establecimiento de fábricas de automóviles en Gran Bretaña que suponen una respuesta a la cuota limitada de importaciones que la UE impone; o bien la transferencia de factorías de un país (Francia) a otro (Gran Bretaña) que posee una legislación laboral más flexible y los salarios un 40% inferiores.
Por lo que se refiere al papel de las empresas multinacionales, su ventaja esencial radica en el crecimiento de su gama de productos o en el nivel de control de su producción, antes que en la dotación de factores de países diversos. Sin embargo, los bajos costes laborales o la abundancia de recursos naturales pueden jugar un importante papel en casos concretos de deslocalización industrial. La multinacionalización se puede realizar mediante un crecimiento interno de la propia empresa, creando una unidad productiva en un país extranjero, pero tiene lugar, con más frecuencia, mediante el crecimiento exterior a través de la adquisición de una empresa extranjera, o bien a través de su fusión o absorción.
Estas empresas suelen poseer cifras de negocios superiores al presupuesto nacional del país donde implantan sus filiales, por lo que su poder es enorme e influye decisivamente sobre las políticas económicas de dicho país. De este modo, se valora su implantación productiva por la creación de ocupación que ello comporta y el arrastre económico que inducen. Se afanan en “idiotizar” a la población obligando al consumo indiscriminado de sus productos mediante campañas de publicidad bien orquestadas, al tiempo que controlan los gobiernos y dirigen las culturas. Su poder llega hasta obligar a los gobiernos de los países donde tienen filiales a frenar los aumentos salariales o bien a reducir la fiscalidad o a rebajar la normativa medioambiental, so pena de retirar sus inversiones y, con ellas, los empleos creados. Su producción carece de fronteras y su política no tiene nacionalidades, puesto que establecen su estrategia en función de sus beneficios sin tener en cuenta, casi nunca, los intereses de los países que albergan sus centros de producción.
Un ejemplo reciente en el tiempo y próximo en el espacio nos lo ha ofrecido la multinacional norteamericana de Detroit Lear Corporation que, a principios de febrero del 2002, anunció por sorpresa el cierre de su factoría de Cervera (Lleida), asestando un durísimo golpe al mercado laboral de la zona que supuso el despido masivo de 1.200 trabajadores directos y la correspondiente pérdida de puestos de trabajo indirectos. Obviamente, en Polonia, por ejemplo, los costes de producción son bastante más bajos. Todo ello implicó un auténtico trauma para diversas comarcas de dicha provincia catalana, con escasas alternativas ocupacionales en el campo de la industria o de los servicios, habida cuenta de su vocación tradicional rural. No suficientemente contentos con su tajante decisión, los directivos de Lear condicionaron el abono de mejores indemnizaciones por despido siempre que no se protagonizaran actos de protesta por parte de los trabajadores.
Por otra parte, a los dirigentes gubernamentales les falta visión a medio y largo plazo. No valoran suficientemente los peligros de la alteración de la naturaleza y de los hábitos de consumo; en este sentido, vemos como USA experimenta graves problemas sanitarios a causa de una mala y desequilibrada alimentación de su población.
La hegemonía transnacional vino a ser hace algunos años algo así como un golpe de estado global: de pronto, desde el interior de la ronda del GATT, vino a surgir la voz bronca de un sistema corporativo transnacionalizado y extenso que pesaba más que los propios Estados allí reunidos. De ahí en adelante, menudearon las presentaciones a telón abierto del poder corporativo que comenzaba a dictar las normas de aplicación y uso planetario. El sistema se avenía bien, además, con los desarrollos paralelos del “pensamiento único”. Parecían hechos el uno para el otro. Y la comparsa borreguil de especies anátidas (“los patos van en manadas, pero el águila va sola”) hegemonizó las relaciones económicas mundiales. Su movimiento, en conjunto, entronizó a la Globalización y la dogmatizó como destino manifiesto y con las características y reglas del juego que ellos mismos le daban (algo así como la “unidad de destino en lo universal” del ideario joseantoniano-franquista).
En la medida en que se extendiera la hegemonía del capital transnacional, la Globalización estaba asegurada. En todas sus dimensiones, también, debía expresar a ese núcleo capitalista y facilitar su desarrollo. Por eso, para los “gentiles”, globalizarse era inscribir a su región en la lista de preferencias de la inversión generosa, salvadora y superadora de sus horribles males ancestrales.
2. Los costes medioambientales
Hace aproximadamente quince años algunos climatólogos ya aventuraron que nuestro planeta se estaba calentando. Argumentaban que, desde la revolución industrial, la humanidad había vertido a la atmósfera volúmenes crecientes de gases, sobre todo dióxido de carbono (anhídrido carbónico) procedente de la combustión de madera y de los combustibles fósiles, pero también gases o hidrocarburos saturados de efectos refractarios, como el metano, procedentes de actividades agrícolas y ganaderas efectuadas a gran escala.
A medida que la industria, el tráfico y la agricultura intensiva se desarrollaban, la cantidad de gases crecía. Éstos se han ido acumulando y han formado un velo en la atmósfera, dejando pasar la luz solar pero reteniendo el calor, circunstancia que impide el enfriamiento del planeta y aumenta la temperatura terrestre. Este fenómeno se ha denominado “efecto invernadero” porque actúa como si hubiese una cubierta de vidrio o plástico sobre la tierra que incrementara su temperatura.
Diferentes mediciones confirmaron el aumento de la temperatura media del planeta a lo largo del siglo XX. Por ejemplo, un informe de la Red Europea del Clima, que analizó la temperatura del aire, las precipitaciones y las horas de insolación, refleja la subida de temperatura media en la última centuria en el continente europeo, el mayor número de inundaciones en el sur y el aumento de los períodos de sequías. Para los autores de este informe, no hay duda que el calentamiento del último siglo está desencadenado por la urbanización del suelo europeo. Pero este aumento se disparó entre los años 1980 y 1991, período en el que el termómetro marca entre 0’25 y 0’50ºC más, según las zonas, que en el lapso que transcurre de 1950 a 1980.
Los primeros modelos climáticos asistidos por ordenador confirmaron la posibilidad de que, a finales de siglo XXI, la temperatura media global del planeta haya subido unos 3ºC. A pesar de la evidencia, los científicos del PICC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) cuestionaban hasta hace poco la relación existente entre este cambio y la actividad humana. Su tesis sostenía que siempre han habido cambios climáticos y el actual es sólo uno más, independientemente de la contaminación ambiental.
Sin embargo, en mayo de 1995 se conocieron nuevos y demoledores datos, como los aportados por el Instituto de Meteorología Max Planck de Hamburgo. Además de confirmar el aumento de la temperaturas durante los últimos veinte años, su director, Klaus Hasselmann, demostró que había un 95% de probabilidades de que la causa del calentamiento fuera la actividad humana. Los investigadores alemanes reprodujeron mediante ordenador las oscilaciones térmicas constatadas durante los últimos mil años y las compararon con el aumento y las oscilaciones actuales. Sus modelos tuvieron también en cuenta la distribución regional de las lluvias y la dispersión de las temperaturas y las corrientes marinas. El resultado fue esclarecedor y estremecedor al mismo tiempo: el ritmo actual de calentamiento es único; en ninguna oscilación climática anterior, la temperatura se incrementó tanto en un período de tiempo tan corto, y eso sólo puede obedecer a la intensidad desbordada de la actividad antrópica .
Entre las previsiones o consecuencias de este incremento figura el crecimiento del nivel de los océanos en unos 45 centímetros en el año 2100, lo que afectará a un total de 100 millones de personas que actualmente viven en zonas costeras o deltaicas -como el Delta del Ebro y otras españolas- condenadas a anegarse o a establecer costosísimos sistemas de protección. De momento, en los dos últimos años, el aumento del nivel fue excepcional, de ocho milímetros, según datos proporcionados por la propia NASA.
Los primeros síntomas evidentes del cambio climático parecen ya haber llegado. En la Antártida, dos grandes plataformas heladas de la Tierra de Graham se han desprendido, confirmando las previsiones efectuadas. Pero existen aún más datos:
- Las temperaturas medias globales se han elevado entre 0’3 y 0’6ºC durante los últimos 140 años. Los nueve años más cálidos de este extenso período se registraron a partir de 1980, siendo 1990 su momento culminante. Este ascenso constante se manifiesta pese a la gran erupción del volcán Pinatubo en 1991, -lo que provocó que fuera el único año con un descenso de la temperatura media-, que escupió 30 millones de toneladas de dióxido de azufre, que actuaron como barrera para los rayos solares.
- Las masas de hielo retroceden en todo el mundo. Los glaciares de los Alpes suizos han perdido la mitad de su superficie desde 1850 hasta nuestros días y, según la NASA, la extensión del suelo ártico disminuyó un 2% entre los años 1978 y 1987. El Instituto Polar Británico Scott denunció, por su parte, que el casquete polar ártico ha perdido entre 4’4 y 5’3 metros de espesor, mientras el hielo antártico disminuye el 1’4% cada década.
- Durante los últimos 100 años el nivel del mar ha subido unos veinte centímetros y este ritmo se ha acelerado hasta 3 cm por década. Este ascenso pone al borde de la inmersión a varios pequeños estados insulares del Océano Pacífico.
- Además de aumentar de nivel, los mares se calientan. En la región tropical, la temperatura del agua ha subido 0’54ºC durante los últimos cincuenta años. Los cien metros superiores del Pacífico, en California, se han calentado una media de 0’8ºC en los últimos 42 años y los niveles más profundos del Mediterráneo han aumentado 0’12ºC su temperatura desde 1959.
- El aumento global de las temperaturas de la atmósfera y del mar también se ha manifestado durante las últimas décadas mediante importantes sequías en regiones tan alejadas como California, Gran Bretaña, España, Brasil o Zambia. Como consecuencia de todo ello, se ha acelerado la desertización, que ya afecta a un 35% de la superficie terrestre.
El calor, en el futuro, evaporará mucha más agua que en la actualidad y causará una gran sequía en las regiones hoy cálidas e incluso templadas. Muchas fuentes y cursos de agua se secarán, la vegetación (tal como hoy la conocemos) desaparecerá de muchas zonas, los desiertos avanzarán… El sur de España, Italia o Grecia, el Magreb, Oriente Medio o el sur de los Estados Unidos tendrán un paisaje parecido al actual del Sahel; en el norte de Europa y de América el clima será más cálido y sobre todo muy húmedo. Y en el supuesto (que, en todo caso, está científicamente por corroborar) de que las temperaturas llegasen a aumentar un promedio de uno o dos grados centígrados y las precipitaciones acuosas disminuyesen correlativamente entre un 10% y un 20%, los recursos hídricos se pueden reducir entre un 40% y un 70% .
Pues bien, lejos de tomarse todas las precauciones y medidas preventivas que exige el caso, la explotación irrestricta y acelerada de los recursos naturales se ha constituido en la obsesión de un sistema hambriento de conversiones monetarias. Nunca antes la naturaleza encontró un enemigo más brutal que el engendro globalizante de esta última etapa capitalista . En la práctica, una acerada combinación de proyectos, reuniones, acciones y reglamentaciones aperturistas de las fronteras ecológicas, ya de por sí muy débiles, ha ido construyendo la actual situación de contaminación, destrucción ambiental y calentamiento global.
Las campañas de privatización abandonaron la naturaleza al criterio contable, a la administración de los negocios, a la farándula de la ignorancia y del apetito, que en algunos instantes logró opacar la propia percepción de muchos ecologistas, que culparon al “hombre” del desastre, y no al sistema corporativo en expansión. Las empresas, en las décadas anteriores, no dejaron de percibir el riesgo que les representaba una visión ajustada de la destrucción ambiental. Así como las compañías tabacaleras pagaban a científicos para exaltar los beneficios indiscutibles del tabaco, también el sistema globalizante negó su participación en el calentamiento terrestre, y hasta llegó a negar que éste estuviera ocurriendo. Después se sumaron las evidencias, pero continúa habiendo una férrea disposición para seguir sosteniendo proyectos destructivos. Un ejemplo de ello es lo que pasó con el protocolo de Kyoto, donde ha faltado el apoyo de los EEUU. O la conducta de gobiernos hambrientos del sostén corporativo, que no suscriben restricciones a la contaminación ambiental, ya que eso limitaría “sus ventajas comparativas” (¡ya volvemos a las vetustas “esencias” de la Economía ortodoxa!). O la reciente buena disposición del gobierno de Cardoso para terminar, con un poco de suerte y de una vez por todas, con la selva amazónica brasileña.
Es evidente que la plena apertura de mares y bosques a su conversión en capitales, sigue generando grandes ganancias, y ofrenda, por tanto, su contribución suicida al avance de la Globalización. Pero ya no es ésta una carretera libre de obstáculos como en el pasado: hay un límite bien visible a la vieja idea de una naturaleza inagotable. Crece además la alarma frente a los resultados. Y más todavía que la alarma, con la culturización de los pueblos, aumenta la conciencia medioambiental entre las gentes, como se ha demostrado en Seattle y, de ahí en adelante, en cuanta reunión sonada realicen los modernos depredadores de nuestro planeta.
Creemos, en fin, que incluso el laissez faire global se ha convertido en una amenaza para la paz entre los Estados. El sistema económico internacional de hoy en día no cuenta con instituciones efectivas para conservar la riqueza y la biodiversidad del medio ambiente. Existe el riesgo de que, en un futuro más bien próximo, los Estados soberanos se enfrasquen en una lucha por el control de los disminuidos recursos naturales de la tierra como, por ejemplo, el agua dulce. En nuestro país, el peligroso Plan Hidrológico Nacional que presenta como leit motiv el gran trasvase del río Ebro hacia otras cuencas hidrográficas, está levantando grandes controversias y el rechazo generalizado de la comunidad científica y universitaria. En el próximo siglo, a las rivalidades ideológicas tradicionales entre los Estados pueden seguir guerras malthusianas provocadas por la escasez de algunos recursos esenciales o importantes.
Hoy en día, el género humano ha aprendido, a través de las modernas tecnologías, a superar las barreras naturales y físicas (orográficas, distancias, océanos, espacio exterior). Anteriormente, el equilibrio natural superaba e impedía la absurda capacidad de destrucción del Homo sapiens, que ya está descontrolada. Por ello, sería un triste consuelo el pensar que también puede producirse una catástrofe ecológica o social que frene, como consecuencia, esta degradación irracional del planeta, puesto que entonces se tratará ya de un auténtico problema de supervivencia de la especie humana.










