La tasa Tobin. ¿Una incipiente solución para el futuro?
1. Definición y objetivos de la tasa
Tal como señala Santiago Vilanova , la alternativa más discutida en los forums de Davos y de Porto Alegre, paradójicamente opuestos, es la aplicación de la denominada “tasa Tobin”, un impuesto a nivel mundial en las transacciones especulativas de divisas, llamado así por el economista norteamericano que lo propuso. Se trata de la primera iniciativa fiscal de ámbito mundial propuesta en 1972 por el profesor James Tobin, de la Universidad de Yale, premio Nobel de Economía de 1981 por su trabajo de análisis de los mercados financieros y situado, ideológicamente, en las antípodas de lo que quieren significar los movimientos antiglobalizadores al uso. Junto con Walter W. Heller, fue asesor del presidente John Fitzgerald Kennedy y defensor de su “Nueva Política Fiscal” (New Economics), continuada por el presidente L. B. Johnson. Dicha tasa consiste, en realidad, en un impuesto del tipo oscilante entre el 0’1% (uno por mil) y el 0’5% (cinco por mil) sobre las transacciones financieras realizadas, a corto plazo, en los mercados internacionales de divisas, al objeto de frenar la especulación en los mercados de capitales, evitando los efectos devastadores que una retirada masiva de capital podría provocar en la divisa de un cierto país y, como consecuencia directa, en su economía, habida cuenta de que esa retirada repentina obligaría a los países a elevar drásticamente los intereses para que la moneda nacional continúe siendo atractiva. Pero los intereses altos son, con frecuencia, desastrosos para la economía nacional, como han puesto de manifiesto las sucesivas crisis de los años noventa del pasado siglo en México, el Sudeste asiático y Rusia. La tasa Tobin, en definitiva, devolvería cierto margen de maniobra a los bancos emisores de los países pequeños y opondría algún obstáculo al frío dictado de los mercados financieros.
La tasa, que se impondría en cada cambio de una moneda a otra, disuadiría a los especuladores, porque no rentabilizaría las inversiones realizadas con un horizonte temporal tan próximo. Como sea que actualmente estas operaciones representan una cifra superior a los 1’8 billones de dólares diarios (unos 380 billones de pesetas, casi cuatro veces el PIB anual español), se podrían recaudar, por este concepto, alrededor de 200.000 millones de dólares; es decir, en un año se podría cubrir el importe de la deuda externa de los países del Tercer Mundo. Este montante se aplicaría para desarrollar los países pobres sin desestabilizar las ocho grandes plazas financieras que concentran el 83% del tráfico de divisas ni a las propias estructuras del Banco Mundial. Esas plazas financieras son las siguientes: Reino Unido (32%), USA (18%), Japón (8%), Singapur (7%) y el resto se reparte entre Alemania, Suiza, Hong Kong y Francia.
Hace treinta años, Tobin llevó a efecto más un pronóstico que no un análisis de la realidad, dado que en aquellos momentos comenzaban a realizarse las primeras transacciones electrónicas de dinero por ordenador. Pero sucedió justamente lo que él preveía: en estos momentos, el 85% de dichas transacciones nada tienen que ver con la compraventa de bienes o servicios, sino que corresponden a operaciones puramente especulativas y tan a corto plazo que más del 40% de estas inversiones regresan al punto de partida en menos de tres días, y un 80% en el lapso de una semana.
La tasa en cuestión tenía como objetivo principal calmar la inestabilidad masiva imperante en los mercados globales de divisas, como consecuencia del colapso del sistema alumbrado en Bretton Woods después de la Segunda Guerra Mundial, que se basaba en el patrón de convertibilidad del dólar estadounidense en oro.
2. Las críticas de los monetaristas o neocuantitativistas
Es obvio reconocer que, en general, las tesis de Tobin nunca resultaron del agrado de los grandes economistas monetaristas exponentes de la Escuela neocuantitativista de Chicago (Friedman, Knight, Viner, Simons, Klein, Schwartz, Stigler y Wallis), ni tampoco recíprocamente. En concreto, un artículo de Milton Friedman publicado en el Washington Post (“Impuestos, dinero y estabilización”), hace más de treinta años, arremete contra Tobin y otros partidarios del aumento impositivo que, según Friedman, “escriben como si los cambios tributarios tuvieran una repercusión clara y previsible sobre la Economía, como si pudieran afirmar con confianza, de antemano, qué efectos tendrán -sobre la renta nacional, sobre el empleo y sobre los precios- los susodichos cambios de los impuestos”. Esas consideraciones friedmanianas también podrían aplicarse a los efectos de la tasa Tobin sobre el comercio internacional. A la inversa, Tobin, en su artículo Barry’s Economic Crusade, publicado en Octubre de 1964 en The New Republic batió todas las marcas de ironía y dureza, mostrando cómo la crítica acerada no constituía un privilegio exclusivo de la Escuela de Chicago. La experiencia tampoco se reveló consoladora para el propio Friedman, quien pudo percibir la enorme brecha que separa la Economía de la Política y lo difícil que resulta exponer y matizar las propias ideas cuando la pasión y el enfrentamiento substituyen a la paciente investigación realizada en un laboratorio o en un ambiente estrictamente académico.
Un importante factor político que ha orientado la propuesta de Friedman es la de negar el servicio de la política monetaria para el sostenimiento del equilibrio de la balanza de pagos. Ya se ha indicado anteriormente como una de las causas que habrían animado el auge de la política fiscal, el hecho de que dentro del cuadro del comercio exterior en la actualidad, gobernado por tipos fijos de cambio y movimientos intensos y especulativos de capital a corto plazo, la política monetaria podía ver comprometido el éxito de su gestión estabilizadora. La solución de las incidencias del equilibrio de la balanza de pagos, por otra parte, demandaba medidas peculiares de política monetaria. De esta forma, si la política monetaria atendía a este frente externo se obstaculizaba o impedía su servicio al propósito de estabilizar la economía en el interior, labor que debería desempeñar necesariamente la política fiscal. Si nos negamos a utilizar la política fiscal no quedaría alternativa estabilizadora alguna, dada la obligada entrega de la política monetaria al mantenimiento del equilibrio exterior.
Este aparente dilema lo zanja Friedman con su habitual radicalismo. ¿Qué significa, para los Estados Unidos, el comercio exterior?: el 5 por 100, aproximadamente, de su actividad económica interna. ¿A qué equivale el que la política monetaria asegure el equilibrio exterior y sostenga los tipos de cambio fijos?: a adaptar la política monetaria interna a las decisiones que adopten las autoridades monetarias del resto del mundo. Subordinar al 5 por 100 -que es a lo que equivale el comercio exterior- el 95 por 100 restante y adaptarse a la voluntad política de los demás países, no vale la pena e incluso resulta insensato. Solución: que el equilibrio exterior se alcance mediante los ajustes correspondientes del tipo de cambio, dejando que éstos fluctúen a merced de las condiciones variables de su oferta y demanda. En otros términos: si los pagos en el exterior de los Estados Unidos excediesen de los ingresos procedentes de sus exportaciones y de otras fuentes (transferencias, movimientos de entrada de capital) no se tomaría medida alguna de política monetaria interior, se dejaría simplemente que el valor del dólar bajase en los mercados internacionales de divisas, como ocurriría, pues, la oferta de dólares realizada para pagos en el exterior, excedería de la demanda que los importadores extranjeros hacían de dólares para comprar bienes y servicios americanos o enviar sus capitales a Estados Unidos. Con ello, se volvería a tener un mecanismo de ajuste automático que enlaza con los más rancios conceptos de la política económica ortodoxa, pues esa baja del dólar tendería a estimular las exportaciones americanas, al tiempo que reduciría las importaciones y las salidas de capital, con lo que se alcanzaría un nuevo equilibrio exterior gracias a los vaivenes del tipo de cambio. Esta propuesta liberaría de la pesada carga de estabilizar la balanza de pagos a la política monetaria, ganándola para la importante causa de la estabilidad interna.
Si las valoraciones anteriores de Friedman se admiten, tendríamos una política monetaria basada en normas y no discrecional, una política que no debería adaptar sus decisiones a la marcha de la coyuntura por ser incapaz de actuar con diligencia y oportunidad y, que, finalmente, no debería atender al mantenimiento del equilibrio de la balanza de pagos, tarea que se encomendaría a los tipos de cambio fluctuantes.
3. El futuro de la aplicación de la tasa
Por otra parte, también es cierto que Tobin, el gran economista americano, siempre ha marcado distancias con los movimientos antiglobalización, a los que ha acusado, con cierta frecuencia, de haber “abusado” de su nombre e instrumentalizado sus ideas. El llamado “pueblo de Seattle” se queda, así, sin una de sus banderas más emblemáticas. En los últimos tiempos, las declaraciones de Tobin golpean incluso a Attac (Asociación para la Imposición de una Tasa sobre las Transacciones Financieras para la Ayuda a los Ciudadanos), fundada el año 1998, una de las asociaciones más representativas del frente antiglobalización y que lleva en las propias siglas el fantasma del apellido del célebre economista. De hecho, según él mismo, la intención original de su idea de frenar la especulación difiere de la de estas organizaciones, que quieren utilizar la recaudación resultante para la “extraña” (por lo visto) finalidad de “financiar proyectos de mejora del mundo”.
Hasta hace relativamente poco tiempo, la tasa Tobin era una idea acariciada por pocos economistas y grupos sociales muy minoritarios, hasta que el director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet, al que nos hemos referido con anterioridad, la volvió a lanzar a la arena pública mediante un editorial que se convirtió en el manifiesto fundacional de aquella Asociación, que ahora ya cuenta con más de 30.000 afiliados (unos 250 en su sección catalana). Con mayor propiedad, el manifiesto de ATTAC-España aduce que “la libertad total de circulación de capitales, los paraísos fiscales y el crecimiento acelerado del volumen de transacciones especulativas empujan a los Estados, las Regiones y las ciudades a una vergonzosa carrera para ganarse el favor de los grandes inversores. Esta insensata competencia conduce al desmantelamiento deliberado de las bases legales, sociales y políticas de los Estados al objeto de facilitar las inversiones”.
La reivindicación de la “tasa Tobin”, todavía no asumida por los ultraliberales, tiene el soporte de los partidos de izquierda del Parlamento Europeo y de la Internacional Socialista. Pero, curiosamente, también la defienden la multinacional Fersol de pesticidas -que ayudó a financiar el foro de Porto Alegre-, el magnate George Soros y Mark Mallon Brown, director del Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo y ex-responsable de relaciones internacionales del BM.
En cualquier caso, las ONG más críticas y los sectores más radicales consideran que la tasa Tobin no será capaz de evitar los paraísos fiscales, el armamentismo, el narcotráfico y la destrucción del medio ambiente. Para ellas se trata, simplemente, de una operación orquestada para reconducir el creciente movimiento antiglobalización y transformarlo en el ala izquierda del moderno discurso neoliberal, con la complicidad del Observatorio de la Mundialización y de algunos históricos como Susan George (“Informe Lugano”, una obra de política-ficción que se ha convertido en un auténtico best seller mundial), Agnès Bertrand y otros emblemáticos luchadores del movimiento. George es vicepresidenta de Attac-Francia y politóloga estadounidense con pasaporte y residencia en el vecino país galo.
El reforzamiento de las instituciones debe producirse también a nivel internacional. El propio Tobin ha declarado recientemente que el FMI tiene que ampliarse y reforzarse: “igual que sucede con el Banco Mundial, el FMI tiene demasiados pocos fondos para ayudar a los países pobres y subdesarrollados”, indica Tobin. El FMI debe diseñar medidas de previsión y control de los perjuicios causados por los movimientos espasmódicos de capital a corto plazo. Además, deben actuar de forma más coherente. Por ejemplo, si la OMC fomenta el libre comercio, no debe aceptar barreras comerciales justificadas por razones sociales. La lucha contra el trabajo infantil, por ejemplo, no debe basarse en represalias comerciales sino en un mayor intervencionismo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) o de la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En estos momentos, en Europa comienza a debatirse, de manera oficial, la oportunidad de introducir el impuesto referido sobre las transacciones financieras en los mercados de capitales. El primer ministro francés, el socialista Lionel Jospin, ha sido el primer político en lanzar el tema ante los demás gobiernos europeos a la luz de los dramáticos actos de violencia acontecidos en Génova con ocasión de la cumbre de los países más industrializados que configuran el G-7. Sin embargo, el mismo Tobin se muestra escéptico sobre la viabilidad de su proyecto, que precisa de un acuerdo a escala global entre distintos países para que resulte efectivo. “Me temo que no hay ninguna posibilidad de éxito, porque la gente decisiva en el mundo financiero internacional está en contra”, ha estimado el propio Tobin.
En efecto, en el seno de los distintos países miembros de la UE parecen haber muchas discrepancias sobre la aplicación de la susodicha tasa. En particular, el ministro de Finanzas alemán, Hans Heichel, ha confesado tener “fuertes dudas” sobre una iniciativa europea al respecto. En este mismo sentido, su homólogo francés, Laurent Fabius, propuso recientemente una solución alternativa y “más práctica” para que se aplique un impuesto sobre la venta de armas; esta propuesta ha sido denunciada por Attac como una “maniobra de distracción”. A su vez, el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, se mostró partidario de la aplicación de una tasa sobre la emisión de dióxido de carbono (CO2) a la atmósfera. “Hay un cierto número de ideas sobre la mesa”, dijo Fabius. Y -podríamos añadir- un gran número de problemas para solucionar también.
El canciller alemán Gerhard Schroeder aboga, como Jospin, por un cierto “retorno de la política” al diseño de la arquitectura financiera, pero rechaza la tasa Tobin porque considera que “existen reservas jurídicas y de contenido, así como problemas políticos, para llevarla a la práctica”. En la misma línea, el ministro español de Asuntos Exteriores, Josep Piqué (Partido Popular), señala que “no se dan las circunstancias adecuadas para que pueda pensarse seriamente en la aplicación de una tasa como ésta”. El profesor Rudi Dornbusch, del Instituto de Tecnología de Massachussets, contempla su aplicación de una manera crítica y Robert Mundell, Premio Nobel de Economía, la considera, incluso, como una idea “tonta”. A favor del impuesto -o bien de estudiarlo- se ha pronunciado el gobierno de Finlandia, los parlamentos de Canadá, las Islas Baleares y el Principado de Asturias, así como los ayuntamientos catalanes de Barcelona, Badalona, l’Hospitalet de Llobregat, Terrasa, Rubí y La Llagosta. También están pendientes de debate mociones parlamentarias del PSOE, del PSC-Ciutadans pel Canvi y de Iniciativa per Catalunya-Verds.
El octavo elemento de Falso amanecer considera lo que podría hacerse para enderezar el rumbo. Estados Unidos carece del poder hegemónico necesario para hacer de un libre mercado universal una realidad, ni siquiera por un corto plazo. Pero ciertamente sí tiene el poder de veto ante una propuesta de reforma de la economía mundial. Por ello, mientras Estados Unidos permanezca entregado al “consenso de Washington”, en lo que se refiere al laissez faire global, no podrá existir una reforma efectiva y eficiente de los mercados mundiales. En este caso, planteamientos novedosos como el del “impuesto Tobin”, al que ya nos hemos referido in extenso, permanecerán en calidad de letra muerta.










