La globalización y el euro
1. La desaparición del control del tipo de cambio
Una vez adoptada ya la moneda única en la mayor parte del territorio de la Unión Europea (concretamente, en doce de los quince países que la componen, a saber: España, Alemania, Austria, Bélgica, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Italia, Irlanda, Luxemburgo y Portugal), a partir del año 2002, veamos que el coste económico más importante de la Unión Económica y Monetaria (UEM) es la pérdida del tipo de cambio nominal como instrumento de la política económica nacional. En este sentido, anteriormente, el tipo de cambio era utilizado de dos formas diferentes, a saber:
a) Como vía de restauración de la competitividad exterior perdida debido a una mayor inflación. Hasta mediados de los años ochenta del siglo que acaba de expirar, por ejemplo, la crónica mayor inflación que experimentaba la economía española y que deterioraba la capacidad exportadora de las empresas, se contrarrestaba, en gran medida, por medio de un paulatino retroceso en el tipo de cambio de la peseta. De hecho, en una zona monetaria única, el concepto de inflación regional o nacional deja de ser relevante; pero resulta cierto que si dicha región -o Estado- mantiene una tasa de inflación regularmente superior a la media circundante, esta pérdida de competitividad ya no podrá ser compensada por medio de una devaluación de su moneda nacional.
b) Como instrumento para contrarrestar las crisis regionales específicas. Si una economía, por ejemplo, está especializada en un sector determinado (construcción naval, industria química, agricultura, turismo, etc.) y por razones coyunturales la demanda global de dicho sector cae, provocando una crisis o shock diferencial específico en dicha área, la devaluación del tipo de cambio permitía un descenso de los precios de exportación (y un aumento de los de importación) y facilitaba, por consiguiente, el ajuste a la crisis. Algo parecido sucedía cuando el shock era de oferta, es decir, cuando una economía muy dependiente de algún bien o servicio exterior (p.e., del petróleo o del gas natural) se encontraba con un súbito encarecimiento del mismo; entonces, su posición competitiva, frente a otras economías menos dependientes de aquella importación, se deterioraba. Pues bien, la revaluación de la moneda era una forma clásica y eficaz de restaurar la competitividad perdida .
Así pues, la desaparición del tipo de cambio, como último recurso frente a la pérdida de competitividad exterior, no deja de ser un riesgo relevante. En nuestro país, sin ir más lejos, la fortaleza de la peseta que se produjo entre los años 1987 y 1991, en un contexto de crecientes desequilibrios internos, acabó con una abrupta devaluación de la divisa española, que en pocos meses pudo recuperar el nivel de cambio real previo a la etapa de fortaleza. Dicha devaluación pudo devolver la competitividad perdida a las empresas, tanto a las exportadoras como a las dependientes del mercado interior, anteriormente perjudicadas por las importaciones que se realizaban a bajos precios. De no haberse empleado dicho instrumento tradicional de la política económica, la destrucción del tejido industrial hubiese sido irreparable, planteándose todavía hoy el interrogante de si los agentes económicos hubiesen actuado de forma coherente con la lógica de la unión monetaria, reduciendo rentas, ajustando costes y estabilizando el desequilibrio de las finanzas públicas. Complementariamente, la posterior recuperación de la actividad económica apoyóse justamente en las exportaciones, aprovechando la baja del tipo de cambio peseta/dólar, de tal suerte que, en ausencia de la expresada devaluación, es de suponer que la reactivación de la economía se hubiera producido mucho más lentamente y con un coste social, en términos de empleo, bastante más elevado.
Puestos a filosofar cabe preguntarse, en fin, qué hubiera sucedido, en esta etapa relativamente reciente de la historia económica española, de haber estado ya integrados en la UEM y que los agente económicos no se hubiesen adaptado a las consecuencias de la mencionada pérdida de competitividad. La conclusión, aunque hipotética, es pesimista sobre el comportamiento de una economía que, como la española por aquellas fechas, era incapaz de sobrevivir por sí misma a la crisis sin la facultad de utilizar estas medidas cambiarias.
En cualquier caso, debemos reconocer un elevado grado de subjetividad en el pesimismo al que nos acabamos de referir. Lo contrario sería conceder excesiva importancia a lo que pudiéramos denominar “política-ficción” o, aún mejor, “economía-ficción”. Y es que los problemas de identidad han suscitado, incluso, caldeadas discusiones teológicas a lo largo de la Historia. Así, en el capítulo quinto del tratado De omnipotentia de Pier Damiani, por ejemplo, su autor sostiene, contra Aristóteles y contra Fredegario de Tours, que Dios puede efectuar que no haya existido lo que fue alguna vez. También en la Summa Theologica de Tomás de Aquino se niega que Dios pueda hacer que el pasado no se haya producido (en contradicción aparente con su omnipotencia), aunque nada se dice de la intrincada concatenación de causas y efectos. Modificar el pasado no es simplemente modificar un solo hecho acaecido: es anular también sus consecuencias, que tienden a ser numéricamente infinitas. O sea: es crear dos historias universales diferentes .
Somos conscientes, en definitiva, que la problemática expuesta, que puede tener gran incidencia en muchos países de nuestro entorno regional, no deriva directamente de la globalización económica, sino de la creación de la UEM y de la incapacidad de los Bancos centrales de modelar la política de cada país miembro frente a los avatares internos y externos. Pero constatamos, no obstante, que la desaparición de dichas facultades de regulación y control puede ocasionar gravísimos problemas en un mundo globalizado, con un comercio internacional de bienes, servicios y productos financieros mucho más intenso que el registrado hasta nuestros días.
2. ¿Un futuro más optimista para el euro?
Según John Gray, profesor de Política en la Universidad de Oxford y colaborador de The Guardian y del Times Literary Supplement, una moneda única no le permite a la Unión Europea aislarse de los mercados mundiales; pero sí crear un poder económico capaz de negociar en términos de igualdad con los Estados Unidos. Si todos los actuales miembros de la UE se integran de manera definitiva al proyecto (ahora mismo sólo hay doce de quince), la zona del euro o “Eurolandia” será la más vasta economía del mundo. El euro tendrá entonces la capacidad de disputar al dólar estadounidense el sitio de la divisa dominante. Si el euro se establece en el futuro como una moneda confiable, un colapso del dólar (por otra parte no deseable) se vuelve más que una probabilidad. Si sigue adelante, el euro traerá el tiempo en el que Estados Unidos ya no será capaz de prosperar como el deudor más grande del mundo. Con el tiempo, quizá bastante rápido, seguirá de modo inexorable un cambio en el equilibrio del poder económico mundial.
Es cierto, no obstante, que aún no están puestas las condiciones internas para el éxito de la nueva divisa. Bajo un régimen de tasa de interés única, algunos países y regiones languidecerán mientras otros prosperan. En la Unión Europea no existen las condiciones que han permitido a los Estados Unidos adaptarse a estas divergencias. En el presente, Europa carece de una movilidad laboral extendida en el continente y no tiene mecanismos fiscales para evitar los grandes charcos de desempleo que empapan las regiones deprimidas de Europa.
Con el euro en operación, empero, las instituciones europeas estarán obligadas a remediar estas fallas. Se verán forzadas a desarrollar políticas que le permitan a la economía responder, de un modo más flexible, a los imperativos y constreñimientos de un régimen de moneda única.
Debe tenerse en cuenta que la moneda única no puede aislar a Europa de las presiones competitivas -cada vez más intensas- que surgen de procesos globalizadores que vienen de siglos. Probablemente, mucho tiempo después de que el laissez faire global haya pasado a la historia, Europa todavía necesitará encontrar su sitio en un mundo alterado, de modo irreversible, por la industrialización.
La moneda única tampoco puede proteger a Europa de las consecuencias del colapso económico en los países vecinos. Si Rusia se hunde en el caos después del colapso del rublo, puede que no sea inmanejable el impacto económico directo sobre los países de la Unión Europea. El impacto político y social sería considerable. ¿Cómo podrán algunos países, como Polonia, enfrentar el riesgo de amplios movimientos de población cruzando sus fronteras al este? ¿Cómo afectaría una crisis de refugiados, a tan gran escala, a la estrategia de la Unión Europea de ampliarse hacia el este?
La moneda única será de poca ayuda para Europa al ocuparse de semejantes problemas. Pero le da una poderosa ventaja a la Unión Europea para responder a la crisis más vasta del laissez faire global. Si el mercado mundial comienza a caerse en pedazos bajo presiones que ya no pueda contener, Europa será el más grande bloque económico del mundo. Su tamaño y su riqueza le permitirán presionar a favor de las reformas que limiten la movilidad del capital. Si el euro sobrevive al torbellino de los años por venir, su posición de pivote fortalecerá la voz de Europa pidiendo la regulación del comercio especulativo en las divisas. Incluso en el caso de una depresión global, como aquella de los años treinta, los efectos sobre Europa podrían ser menos severos que en Estados Unidos o en los países de Asia.
Reparemos en que el libre mercado nunca tuvo en Europa la posición de mando que ha ejercido algunas veces en los países de habla inglesa. Por ello, no resulta inconcebible que la Unión Europea tomara el liderazgo en la construcción de un nuevo marco para la economía mundial al despertar del colapso del laissez faire global .










