El gran desengaño librecambista

El gran desengaño librecambista
1. La falacia de la “solidaridad internacional”
Por desgracia, el tiempo y la praxis largamente experimentada del comercio internacional se han encargado de demostrar que la libertad de circulación de las mercancías, llevada a sus últimas consecuencias, no ha servido -en ningún caso- para proporcionar beneficios relativos a los países menos desarrollados, sino más bien al contrario: se ha venido acentuando, como es bien sabido, la diferencia entre los países ricos y los países pobres, derivándose hacia una preocupante situación en la que se han hecho todavía más acusadas las diferencias de renta y de riqueza entre los pueblos del orbe. El gran argumento consistente en el fomento -a través del comercio- de la solidaridad hacia los países menos favorecidos, se derrumba estrepitosamente al comprobar los resultados obtenidos. De este modo, según las últimas apreciaciones estadísticas internacionales, son ahora más ricos los ricos de los países pobres (unas cuantas grandes multinacionales en ellos establecidas que, con costes de producción bajísimos, exportan a los países del primer mundo, beneficiándose ellas solamente) y más pobres los pobres de los países ricos (básicamente los agricultores y pequeños industriales, que ven sometidas sus producciones a la competencia desleal de las de otros países con normativas medioambientales, explotación de la mujer, trabajo infantil y cargas fiscales y sociales bajísimas o incluso inexistentes).
Y así, veamos que , en relación a la pretendida reducción de la pobreza en el mundo, la situación actual señala un claro retroceso: mientras que la renta per capita se sitúa cerca de los 25.000 dólares anuales, en 49 de los países menos avanzados (más de 34 de ellos pertenecientes al continente africano) apenas se alcanzan los 900 dólares y sólo reciben el 5% de las inversiones directas mundiales.
La apertura de los mercados, mediante mecanismos de desregulación y eliminación de aranceles, también ha traído consecuencias muy contradictorias. Por un lado, es cierto que se abren las puertas para que los productos de los países pobres puedan venderse en los países ricos; pero aunque las puertas estén abiertas, la competencia es tan feroz y las desigualdades de condiciones para competir tan grandes que, en la práctica, en la última década muchos países pobres perdieron mucho terreno en el comercio internacional. El grueso de los países pobres, siguiendo “sabios” consejos de organismos internacionales y más o menos sutiles presiones diplomáticas, abrió sus mercados eliminando barreras de importación y bajando aranceles para estimular el libre comercio, lo que constituye la piedra angular del nuevo modelo de economía global. Sin embargo, una mirada somera a algunos datos recientes muestra que, para los países en desarrollo, este proceso significó una pérdida de oportunidades económicas del orden de 500 mil millones de dólares anuales, o sea, diez veces más de lo que recibieron en ayuda exterior.
El significado inmediato de esto es que, como resultado de tantos mercados abiertos, los países más ricos se hicieron todavía más ricos. Hoy el 20% de la gente más rica del mundo recibe por lo menos 150 veces más el ingreso del 20% más pobre del mundo. Los índices de Gini y de Lorenz, a escala mundial, ofrecen una desigualdad insultante y creciente en la distribución de la renta y de la riqueza. Está claro que la apertura comercial sólo ha beneficiado a los que estaban en capacidad de competir y exportar. En América Latina, por ejemplo, la apertura significó un deterioro en la balanza comercial para el conjunto de los países y la ruina para alguno de ellos, como Argentina. Por primera vez al cabo de una década, la balanza comercial de estos últimos años arrojó saldos negativos, con un déficit superior a los 10.000 millones de dólares para el conjunto de los países de la región. Este desfase hubiera sido aún mayor de no haber tenido Brasil un superávit de 15.700 millones de dólares .

2. El fomento del fraude a escala mundial
La globalización de la economía puede conducir, paradójicamente, a un cierto proteccionismo o fomento del fraude fiscal y social a nivel internacional, o incluso a un rebajamiento de las diferentes normativas protectoras del entorno ambiental, que resulta absolutamente intolerado y perseguido en el propio país. Vamos a poner un ejemplo ilustrativo del anterior aserto. Una zapatería que no pague impuestos estatales o locales ni cotizaciones sociales de sus empleados, a los que remunere por debajo de lo establecido en el vigente Convenio Colectivo Sindical, siempre podrá vender el calzado a un precio muy inferior al de la zapatería vecina (en la misma ciudad o calle) que cumpla escrupulosamente con sus obligaciones fiscales y laborales, y ello sin necesidad alguna de ser mejor comerciante minorista o de controlar mejor otros aspectos competitivos del negocio. Por ello también, sólo tiene sentido hablar de la “especialización productiva” y de la “libertad de comercio” cuando se parte de grupos productores sometidos a las mismas reglas del juego (inmersos dentro de los grandes espacios económicos internacionales más o menos homogéneos, como es el caso de la Unión Europea) pero jamás entre grupos dispares en cuanto a su situación económica y normativa. En definitiva: sólo se puede competir sin restricciones partiendo de unas condiciones razonables de igualdad, como sucede en el deporte, en la política o en el acceso a la función pública: no se puede jugar al póker con las cartas marcadas, o acudir a unas oposiciones libres sabiendo cuales serán los temas del examen, o emprender una campaña electoral copando todos los espacios televisivos, o bien empezar un partido de fútbol con un resultado de 2-0 a favor de alguno de los contendientes, o tampoco iniciar una carrera atlética con 50 metros de ventaja (como en su día, según la vieja fábula, le diera Aquiles a la tortuga).
Frente a un obrero dócil y adocenado de un país del Tercer Mundo, que trabaja sesenta horas semanales, que acepta sin rechistar horas extraordinarias y condiciones de escasa seguridad, que no está sindicado, que desconoce el derecho de huelga y las vacaciones, que no cotiza cuota sindical alguna y que es pagado de diez a veinte veces menos que un obrero occidental, se alza éste que, pese a ser altamente productivo?, jamás llegará a compensar tales diferencias de coste salarial. Para todos los productos (bienes y servicios) que incorporen esencialmente trabajo y que se miden con la competencia y con las importaciones, el elemento determinante para competir es el precio final y éste hállase íntimamente ligado a los costes de producción, que serán mucho más elevados en Occidente. Con ello, las consecuencias serán bien claras: el crecimiento del desempleo y el aumento de las diferencias de renta entre los asalariados expuestos a la competencia (primordialmente los trabajadores no cualificados) y aquellos otros no expuestos, competitivos y que producen mayoritariamente bienes exportables . Pensar, por último, que la promoción a ultranza de la investigación y el desarrollo -así como de la cualificación de los trabajadores de los países avanzados para marcar diferencias inalcanzables en innovación tecnológica con los más desfavorecidos- constituye la solución taumatúrgica y permanente a la problemática anteriormente apuntada, se nos antoja más un puro ejercicio de romanticismo económico (si es que ambos términos, sustantivo y adjetivo, resultan de algún modo compatibles) que una manera realista y efectiva de afrontarla.
Parece lógico colegir, pues, que los productores nacionales necesitan protección porque otros países competidores utilizan mano de obra barata en el proceso productivo del bien o del servicio de que se trate. Ciertamente, hay que tener en cuenta que la mano de obra extranjera es también menos productiva, aunque no tanto, casi siempre, como para compensar su menor coste. Y lo que es peor: sus condiciones laborales son, con gran frecuencia, infrahumanas y sometidas a un auténtico y escandaloso dumping social. Por cierto, que no resulta preciso, para nosotros, acudir a ejemplos distantes desde el punto de vista geográfico: es suficiente con analizar las condiciones laborales de algunos colectivos magrebíes, adscritos a actividades de agricultura intensiva basada en cultivos forzados bajo plástico, en ciertas regiones meridionales españolas.
La consecuencia más importante y, sin duda alguna, la menos evidente de nuestro comercio con los países en desarrollo, no es tanto el impacto sobre el paro como la quiebra de nuestra sociedad en dos partes cada vez más alejadas en términos de renta: empobrecimiento de los asalariados afectados por la competencia y mantenimiento del nivel de vida de aquellos empleados en sectores competitivos y exportadores, o aquellos con empleos protegidos (caso, v. gr., de los funcionarios públicos). P.N. Giraud lo expresó claramente en los siguientes términos: “Hoy en día, el librecambio creciente con los países con los salarios bajos y escasa capacidad tecnológica no conduce necesariamente al desempleo masivo en los países ricos, sino a la reapertura de las escalas de ingresos primarios y a crecientes desigualdades acompañadas de una polarización de la sociedad en dos grupos: los competitivos y los protegidos. Los segundos dependen para sus rentas del número y la competitividad de los primeros. Se trata de un clientelismo, en el sentido romano del término, que tiende a instaurarse entre los dos grupos, a pesar de la mediación de los mercados y del Estado. Es la existencia misma de las clases medias, en los países ricos, la que está amenazada. Clases, sin embargo, que el capitalismo del siglo XX había no solamente engendrado, sino sobre las que había basado su propio desarrollo”.
En cualquier caso, se observa que, ante el crecimiento del desempleo y la aparición de crisis económicas cíclicas en los países avanzados, la tentación de efectuar un repliegue por grandes bloques regionales es grande, imponiéndose el argumento de que sólo se puede comerciar con países que respeten las mismas o parecidas reglas del juego. Es ésta la opinión que condujo a Francia y a los Estados Unidos a solicitar, en la conferencia de Marrakech, acaecida en abril de 1994, la inclusión en los acuerdos fundacionales de la OMC de una cierta “cláusula social” para combatir el dumping social, aunque, por el momento, los países del Tercer Mundo forman un frente de rechazo unido a dicha proposición, alegando que el desarrollo económico y los intercambios comerciales es lo que les permitirá, a priori, mejorar la situación de los trabajadores e inducir la desaparición del trabajo infantil. Hay que reconocer que, al menos hasta la fecha, sólo los USA subordinan su política comercial al respeto -por los demás- de los derechos fundamentales de los trabajadores.

3. El fracaso del libre mercado global
Por el contrario, el librecambismo a ultranza se apoya en afirmaciones dogmáticas y jupiterinas como la que sigue (debida, por cierto, al premio Nobel P.A. Samuelson, uno de los grandes precursores del ultraliberalismo actual): “El fomento de un comercio más libre se apoya en la creciente productividad posible mediante la especialización internacional, de acuerdo con la ley de los costes comparativos, que permite una mayor producción mundial y un nivel más alto de vida en todos los países. El comercio entre países de distintos niveles de vida resulta especialmente provechoso para todos ellos” . Con independencia de que la cruda realidad se ha encargado de desmentir tamaña aseveración, ¿se imaginan ustedes lo absurdo de la situación que se crearía de aplicar esos principios dentro de un mismo país, dejando al libre albedrío de los productores y comerciantes la facultad de reajustar sus costes (fiscales, sociales, medioambientales y laborales) a la baja al objeto de poder así competir mejor entre ellos?.
Posiblemente, la caída del muro de Berlín en 1989, que se produce justamente doscientos años después del triunfo de la Revolución Francesa, nos muestra la imagen aparentemente definitiva del triunfo, casi sin restricciones, del capitalismo liberal a escala planetaria, junto con el comienzo de un nuevo siglo y de un nuevo milenio. Dicha sensación, según el Prof. Víctor Pérez-Díaz , ha podido resultar acrecentada por la euforia económica cíclica de los últimos años en las economías capitalistas avanzadas, al tiempo que se despertaba de la pesadilla de las economías sometidas al yugo de la planificación central, experimentada en los denominados “países emergentes” pertenecientes al antiguo bloque socialista popular. Incluso parece significativo de este clima de euforia el hecho de que las mayores turbulencias económicas de los últimos tiempos puedan ser amablemente consideradas como asuntos menores o como meros blips o “incidentes”. Según The Economist: “… the emerging markets crash of the late 1990s, which once appeared to endanger the global economy, will son be regarded as a mere blip in the ongoing “Asian miracle” (5 de abril de 2000, pág. 13). Y en The Wall Street Journal Europe, Thomas Weber nos informa de cómo son debatidas y analizadas en los campus universitarios norteamericanos las pasadas dificultades experimentadas en los mercados asiáticos y por las empresas de alta tecnología: “but their decline is ultimately dismissed as a blip in the Net’s upward trajectory” (10 de abril de 2000, pág. 29).
Entre las organizaciones transnacionales hay signos efímeros de que el fundamentalismo del libre mercado comienza a cuestionarse. A veces se critica el dogma de que el capital debe tener una movilidad sin restricciones, y de posturas similares a las del “consenso de Washington”. Sin embargo, el libre mercado anglosajón permanece como el modelo o patrón para las reformas económicas en todas partes. La idea de que la economía mundial debe ser organizada como un solo mercado universal, no ha sido aún desafiada.
Pienso sinceramente que el libre mercado global es un proyecto que estaba destinado a fracasar. En esto, como en muchas otras cosas, se parece demasiado a ese otro experimento de una ingeniería social utópica: el socialismo marxista. Ambos movimientos estaban convencidos de que la meta del progreso humano debe ser una civilización única. Cada uno negaba que una economía moderna pudiera presentarse en muchas variedades bien distintas y multiformes. Cada uno estaba dispuesto a pagar un alto costo en términos de sufrimiento humano para imponer su visión única y providencial del mundo. Cada uno se ha envarado ante las necesidades humanas vitales. Cada uno le negaba al otro el pan y la sal. Por todo ello, ambos están condenados al fracaso.
De acuerdo con la ideología del fundamentalismo de libre mercado que ha invadido al mundo desde que Ronald Reagan en USA y Margaret Thatcher en el Reino Unido la promovieron a principios de la década de los ochenta, los mercados competitivos no se equivocan, o al menos producen resultados que no pueden mejorarse a través de la intervención de instituciones y políticas ajenas al mercado. Se supone que los mercados financieros brindan prosperidad y estabilidad y lo hacen, en mayor medida, si se encuentran libres de interferencias gubernamentales en sus operaciones y no tienen control ni restricción alguna sobre su alcance global. Nos recuerda aquella vieja máxima de que “Brasil funciona de noche, cuando los políticos están durmiendo”.
Sin embargo, la crisis actual ha mostrado que esta ideología del fundamentalismo de mercado es incorrecta. La ideología de libre mercado asegura que las fluctuaciones en las acciones y los flujos de crédito son aberraciones pasajeras que pueden no tener impacto permanente en los fundamentos económicos. Si se dejan por sí solos, se supone que los mercados financieros pueden actuar a largo plazo como un péndulo, siempre oscilando en dos sentidos para buscar el equilibrio; aunque podría demostrarse que incluso la noción de equilibrio es falsa. Los mercados financieros son inherentemente y esencialmente inestables y siempre lo serán: se dan a los excesos, y cuando una secuencia de apogeo y depresión va más allá de un cierto límite, transforma los fundamentos económicos que, a su vez, no pueden volver al lugar donde se encontraban al comienzo. En lugar de actuar como un péndulo, los mercados financieros pueden actuar como una esfera gigante y demoledora que oscila de un país a otro y destruye todo lo que se cruza en su trayectoria.
El problema es, con seguridad, que los mecanismos internacionales para la gestión de las crisis son excesivamente inadecuados. La mayoría de los líderes, en Europa y Estados Unidos, se preocupan por la manera en que sus países podrían protegerse del contagio financiero global. Pero el problema a escala global es mucho más amplio e históricamente más importante. Aunque las economías de Occidente y sus sistemas bancarios sobrevivan a la presente crisis sin sufrir demasiados daños, los de la periferia ya se han visto muy afectados .

4. Los problemas que plantea el comercio internacional
Básicamente, dichos problemas estriban en que este comercio no beneficia por igual a todos los países. En efecto:

 El mundo no está constituido por países de igual nivel tecnológico ni productivo, sino que más bien existe un mundo desarrollado (centro) y otros países subdesarrollados (periferia).
 El coeficiente de elasticidad-renta de la función de demanda de los productos manufacturados es mayor que la de los productos primarios, que tienden a clasificarse como bienes inferiores o de primera necesidad.
 Para obtener los mismos bienes manufacturados, es preciso intercambiar cada vez mayores cantidades de productos primarios. A principios del siglo XX, en nuestro país, valían lo mismo 1 kg. de trigo que 1 kg. de harina que 1 kg. de pan. Justo un siglo después, las diferencias de precios, como puede comprobarse, resultan abismales, con especial perjuicio para los colectivos situados en ambos extremos de la cadena: el agricultor cerealista y el consumidor.

Las conclusiones que se obtienen de este grupo de ideas son las siguientes:

 El comercio internacional beneficia más a los países desarrollados que a los no desarrollados, con lo que tiende a incrementar las desigualdades de partida.
 Los aumentos de renta, a escala mundial, dan lugar a una demanda creciente de bienes manufacturados y decreciente de productos primarios, y las bajas cotizaciones de éstos van a perjudicar a los productores de bienes primarios (agricultores y ganaderos) que, aparte de ejercitar una importante labor de conservación y mantenimiento medioambiental, no suelen ser, precisamente, las clases más favorecidas de la Sociedad.

Esta presión de los países no desarrollados dio lugar a la creación de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), cuyo objetivo estribaba en basar el intercambio internacional no sobre la igualdad sino sobre la preferencia. Tuvo dicha institución una vida activa en los años sesenta-setenta del pasado siglo, en la búsqueda de nuevas fórmulas que permitiesen apoyar los procesos de desarrollo del tercer mundo. Su realización más destacada ha sido el Sistema de Preferencias Generalizadas, en virtud del cual los países desarrollados conceden preferencias arancelarias, por listas de productos, a los países en vías de desarrollo.
Por último, veamos que las famosas ventajas comparativas son cambiantes y generan difíciles procesos de ajuste. El concepto ricardiano de “ventaja comparativa o relativa”, al que nos hemos referido con anterioridad, es un modelo estático; su núcleo principal subraya que la mayor producción obtenida en la fabricación de una serie de bienes decidirá el patrón comercial de cada país. Pero las ventajas comparativas cambian con el tiempo al variar los recursos o factores de producción disponibles en cada país, en especial el capital y la técnica; así, véase como la técnica computerizada alcanza gran importancia y concedió ventajas importantes a los países más volcados en su desarrollo, como el Japón. Como se observa, las ventajas comparativas han experimentado cambios substanciales, dando como resultado modificaciones importantes en los flujos comerciales.

5. La protesta actual contra la libertad de comercio
La situación de concienciación respecto de la problemática que plantea la libertad de comercio cambió radicalmente a raíz de los sucesos que tuvieron lugar en Seattle durante la reunión de la OMC. Alrededor de 50.000 personas de todo el mundo pertenecientes a Organizaciones No Gubernamentales, sindicatos, movimientos ecologistas, etc., se personaron en esta ciudad para protestar y manifestar su total rechazo a la liberalización del comercio mundial; la virulencia de las protestas y su importancia numérica acapararon la atención de todos los medios de comunicación de masas. Desde entonces, estos sucesos se han repetido en todas y cada una de las reuniones internacionales convocadas, ya sean de instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial, las Cumbres Europeas o bien foros más restringidos como el G-8, a los que nos referiremos en el apartado siguiente con mayor especificidad.
Han sido, pues, los acontecimientos ocurridos en Seattle los que han dado un gran protagonismo a la OMC, que hasta ese momento era una gran desconocida para la inmensa mayoría de los ciudadanos. Ahora, juzgamos conveniente contribuir al conocimiento de esta organización, cuya misión específica es tanto liderar la liberalización de los intercambios comerciales internacionales como defender y hacer cumplir las normas pactadas que regulan el comercio internacional.
Pero además de dar a conocer la OMC, también es importante comprender las razones que han impulsado estas manifestaciones de rechazo en contra de lo que esta organización representa y, por ello, debemos tratar de responder a la siguiente pregunta: ¿a qué razones responde esta contundente protesta contra la libertad de comercio?. A nuestro juicio, los motivos son muy diversos y en muchos casos opuestos, pero todos tienen un denominador común: la crítica a la creciente integración e interdependencia económica mundial que comúnmente denominamos «globalización». La liberalización en las relaciones económicas internacionales impulsada y liderada, también, desde estas instituciones económicas internacionales, ha derivado en la llamada «economía global», que es un entorno caracterizado por una gran libertad de flujos comerciales y financieros y por el desarrollo de grandes empresas multinacionales que controlan importantes cuotas de la producción mundial y de los intercambios internacionales.
Pues bien, ¿son ciertas todas estas acusaciones? A nuestro entender, la respuesta no es simple ni unívoca. El comercio internacional no es la causa que origina muchos de los problemas planteados, pero sí es cierto que la eliminación de los obstáculos que tradicionalmente han limitado los flujos comerciales, principalmente los aranceles, ha facilitado la afloración de muchos otros que hoy afectan, determinan e influyen en las corrientes comerciales. Los factores que determinan la capacidad de competir de las empresas en los mercados mundiales ya no dependen, en la misma medida que antes, del grado de protección que cada país tuviera establecido. Por el contrario, esta capacidad es el resultado tanto de factores intrínsecamente económicos y empresariales como, también, de los costes que las empresas deben asumir como consecuencia de la reglamentación que cada país establece para lograr otros fines que sus mismas sociedades exigen, como son la protección de los derechos laborales o la conservación del medio ambiente. Precisamente, la presión por salvaguardar la capacidad libérrima de competir de las empresas en los mercados internacionales es considerada cada vez más, por muchos colectivos, como la principal causa que impide un desarrollo más ambicioso de esos otros fines.
En el lado opuesto, los países en desarrollo entienden que los estándares impuestos para la preservación del medio ambiente o de los derechos laborales no son sino una excusa para limitar el acceso de sus productos a los mercados de los países ricos y exigen que no se les impongan normas que no pueden (o no quieren) cumplir. Demandan, por el contrario, que se les facilite su comercio para poder así potenciar su crecimiento y desarrollo económico y disminuir las diferencias de renta que entre países ricos y pobres han aumentado en los últimos años. Reclaman, también, que el comercio internacional debe ser un medio para resolver los problemas de desarrollo de los países más pobres, con cada vez mayores dificultades para lograr un crecimiento económico sostenido.
El debate, pues, es amplio y, además, contrapuesto según la óptica de las diferentes necesidades y prioridades de los países en función de su grado de desarrollo económico.
Pero esta protesta contra la mundialización de la economía no sólo no tiende a remitir sino, contrariamente, a acrecentarse. De este modo, veamos cómo Attac, a finales de Enero de 2002, irrumpió con fuerza en la todavía anestesiada escena preelectoral francesa con un mitin que duplicó, con creces, los cálculos más optimistas. Unas 6.000 personas apoyaron en París el lanzamiento del manifiesto de la organización antimundialización bajo el lema “es posible otro mundo”, decidida a influir en el debate como gran agitador de ideas. Unos 31.000 fieles seguidores avalan el peso creciente de Attac en Francia, donde el movimiento dirigido por Bernard Cassen e ideado hace cuatro años por el director de “Le Monde Diplomatique”, Ignacio Ramonet, es cortejado a derecha e izquierda.
El mismo día en que el infatigable Chevènement reunía a 1.200 leales para lanzar su “polo republicano” desempolvando viejos símbolos como la nonagenaria heroína de la resistencia Lucie Aubriac, Attac se reafirmaba como un gran outsider: “Queremos convencer a los ciudadanos de que los políticos actuales no son los únicos posibles y que somos centenares de millones de personas en todo el mundo en pensar así”, reza su proclama antiliberal. Mientras, confundido entre una inclasificable y entusiasta audiencia, el histórico líder trotskista Alain Krivine era una de las pocas figuras reconocibles de la asamblea que contó, sin embargo, con la relevante participación del premio Nobel de Literatura José Saramago .
A principios del mes de febrero del 2002, en fin, tuvo lugar el seminario que el World Economic Forum (WEF) celebra desde hace 31 años en la localidad suiza de Davos, pero que en esta ocasión tiene lugar en New York. La razón del cambio parece obvia: otorgar un respaldo moral y de confianza a la ciudad de los rascacielos tras la tragedia del 11-S-01. De hecho, el seminario se desarrolló en los salones del hotel Waldorf-Astoria, situado a cinco kilómetros escasos del lugar donde se asentaban las Twin Towers del World Trade Center. Sin embargo, dado lo que es y representa el WEF, todo un símbolo del capitalismo financiero y tecnológico global, la isla de Manhattan pareció una sede más apropiada que la tranquila Davos, adonde el seminario regresará el año que viene si no median circunstancias excepcionales. Para el año 2004 no hay sede prevista; mucho dependerá del grado de contestación callejera que hayan tenido las reuniones de este año y del próximo. Ciertamente, la policía de la gran urbe americana no dejó nada al azar, con 4.000 agentes y otros cuerpos de seguridad vigilando estrechamente el evento.
El WEF reunió, un año más, a la flor y nata de las grandes corporaciones empresariales del mundo, así como a una constelación de líderes políticos encabezados por el canciller alemán Gerhard Schröder, el primer ministro canadiense Jean Chrétien o el propio Secretario de Estado norteamericano Colin Powell. Anteriormente, el Presidente Bush, en su discurso sobre el estado de la Unión, había instado a las empresas a que fueran más cuidadosas con los intereses de sus empleados y accionistas. El título del seminario en cuestión, “Liderazgo en tiempos frágiles: una visión para un futuro compartido”, no alumbra demasiado sobre el giro radical que han experimentado los acontecimientos políticos y económicos mundiales en los últimos meses.
Curiosamente, como contracara del de Davos-New York, se produjo una coincidencia temporal con el II Foro Social Mundial que se celebró en Porto Alegre bajo el lema “Otro mundo es posible”, y es que el mundo es sólo uno, con sus endémicas injusticias y sus profundas desigualdades. Se inició con una multitudinaria marcha por las calles de Porto Alegre, colmada de militantes y representantes de numerosas organizaciones políticas, no gubernamentales y religiosas, que buscan articular una propuesta alternativa al neoliberalismo y que el año anterior culminaron la edición correspondiente con un documento que rechazaba el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA). El alcalde Tarso Genro afirmaba que “éste es un foro para un mundo sin guerras y sin violencia”, mientras que el dirigente campesino francés Josep Bové, quien el año anterior había destruido una planta de soja transgénica en el norte del mítico estado de Río Grande do Sul, en una de sus llamativas protestas, señaló que “este año llego como profesor. Sólo actuaré si los compañeros del MST (Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra) deciden efectuar alguna acción en concreto”.
Dadas las circunstancias, las 14 sucursales de la multinacional Mac Donald’s desparramadas por la ciudad extremaron sus medidas de seguridad. Flotaba en el ambiente la conciencia de que los presidentes paradigmáticos del neoliberalismo en América Latina fueron Carlos Salinas de Gortari, Fernando Color de Mello, Alberto Fujimori y Carlos Menem. Todos ellos sin excepción, y con alguna colaboración ulterior, dejaron sus respectivos países mucho peor de lo que los encontraron y con numerosos escándalos de corrupción. Para el futuro, deberían elaborarse propuestas para que la globalización sea a favor de la población y no para que los conglomerados multinacionales sigan acumulando un poder juzgado ilegítimo.
Por su parte, los alcaldes de cuatro continentes y veintinueve países que asistieron al Foro de Autoridades Locales por la Inclusión Social, en el mismo marco, exigieron una globalización “más justa, más humana y que supere el actual dominio financiero”. La llamada “declaración de Porto Alegre” refleja las críticas de los doscientos alcaldes de ciudades de América, Asia, África y Europa al actual modelo globalizador. Entre otros, asistieron los primeros ediles de Buenos Aires, Sao Paulo, Montevideo, Roma, París, Ginebra, Bruselas, Caracas y Barcelona, que se comprometieron a “intervenir en el escenario internacional a favor de una globalización que supere el dominio financiero y acepte instancias democráticas internacionales”. También se comprometieron a trabajar en pro de un modelo que garantice el desarrollo sostenible y extienda “las políticas de solidaridad a aquellas ciudades que todavía no las practican”. En este sentido, expresaron su voluntad de reforzar el papel de las ciudades como actores políticos activos en el nuevo escenario mundial. Al reflexionar sobre estas demandas tan plausibles de los que mejor conocen -por su oficio diario- la problemática directa de los ciudadanos, quien esto escribe invita a meditar sobre aquella célebre frase de Alexis de Tocqueville : “¿Cómo pueden nuestros políticos afrontar y resolver los graves problemas que aquejan a la humanidad si antes no son capaces de solucionar los que incumben a su ciudad, a su barrio o a su calle?”. Y no precisamente en sentido peyorativo, sino reconociendo la gran importancia que debe otorgarse a la opinión de los alcaldes en todos los temas públicos, por su conocimiento directo de la base de los mismos.
Los responsables locales, en sus conclusiones, también criticaron la privatización creciente del espacio público, ya que reduce la capacidad de regulación y de prestación de los servicios públicos. Respecto a la crisis de Argentina, acordaron poner en marcha una iniciativa solidaria con las ciudades de ese país, que se traduciría en el envío de medicamentos y de material hospitalario. La grave crisis económica, social y política argentina dio pie a muchas críticas contra la actuación del FMI en dicho país y en pro de la defensa del derecho de los gobernantes autóctonos a aplicar las políticas que consideren más adecuadas. También acordaron los presentes defender en sus ciudades el derecho a las manifestaciones pacíficas contra la globalización, así como trabajar para la integración de los inmigrantes con todos los derechos y, asimismo, sumarse al programa de las Naciones Unidas, definido por su secretario general Kofi Annan, para desarrollar la cultura de la paz a través de las políticas públicas.