Algunos conceptos previos
La idea definitoria de la “globalización económica”
En los últimos tiempos, el debate sobre la “internacionalización de la economía” o, más propiamente, acerca de la “globalización económica” se ha adueñado de los grandes foros de discusión, así como -mediante sonoras protestas de grupos dispares y heterogéneos- de muchas calles y plazas de las ciudades donde se reúnen, periódicamente, los responsables financieros del orden mundial. En realidad, dichas manifestaciones pueden ser frutos amargos del desengaño que han provocado, en el Primer Mundo, los partidos políticos, probablemente cada vez más anquilosados y burocratizados. En menos de tres años, los actos de protesta sobre situaciones diversas (exigencia de protección y seguridad en el trabajo, higiene pública, igualdad de condiciones laborales para la mujer, protección a las minorías étnicas y al medio ambiente, supresión de barreras arquitectónicas para minusválidos, erradicación del analfabetismo) configuran un largo rosario de incidentes, con grandes daños materiales y alguna víctima mortal (por ejemplo el joven Carlo Giuliani, de 23 años, a manos de un carabinero siciliano de 20 años, en la ciudad italiana de Génova). También se han organizado tumultuosas manifestaciones con ocasión de las cumbres de los representantes de los Estados más poderosos del planeta, como es el caso de las reuniones del denominado G-8 (formado por los Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Italia, Reino Unido, Canadá y Rusia) o incluso de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Como, sin duda, recordarán nuestros lectores, en la ya larga agenda de movilizaciones contra la globalización económica se ha producido una variopinta representación geográfica: Seattle (la primera), Washington, Praga, Melbourne, Porto Alegre, Okinawa, Niza, Davos, Quebec, Göteborg y Barcelona (ésta última resultó abortada).
Esa resistencia hacia lo que se considera la última manifestación del sistema capitalista, halla su máximo fundamento en las crecientes desigualdades y la pobreza imperante en extensas capas de la población mundial , así como en la intención de suplir el vacío sociopolítico existente entre la sociedad civil y los organismos de poder transnacional, intentando llevar a efecto una acción democrática de transformación social que sea más próxima a los intereses de la mayoría de la población. Lo cierto es que en nombre de la eficiencia económica (la eficacia al menor coste) se legitiman muchos atentados que potencian la explotación humana y, sobre todo, la infantil. Bajo el paraguas protector del libre mercado se entorpece la verdadera competencia, se fomenta la explotación comercial y se explotan hasta su agotamiento ciertos recursos naturales, poniendo en peligro la sostenibilidad del planeta (veamos, en este sentido, que las naciones más contaminantes son precisamente las más reacias a limitar sus emisiones tóxicas y también las más convencidas defensoras de la globalización económica). Contrariamente, no parece haber límites para los negocios especulativos ni para el lock out o cierre de empresas, mientras que se agravan los problemas de desempleo y se acrecientan los beneficios fáciles obtenidos en los mercados financieros.
Por otra parte, su trascendencia para nuestro país, muy particularmente en el comercio de los productos agrícolas, no resulta en absoluto desdeñable. En estos productos de primera necesidad, así como en otros industriales, algunos grandes países exportadores basan su fuerte competitividad en los bajos costos de los inputs del proceso productivo, el bajo esfuerzo fiscal, el escaso respeto medioambiental, la inexistente necesidad de riego y, sobre todo, en los exiguos niveles salariales de sus trabajadores.
Respecto a la idea de “globalidad”, lo primero que sorprende es su ambigüedad. Se tiene de ella la imagen de un proceso nacido al calor de la actual corriente liberalizadora o bien, a las puertas del siglo XXI, de una nueva fase del capitalismo, la más salvaje, como dirían algunos. Otras veces puede pensarse que se trata de una dinámica constante en el tiempo e inscrita en un largo proceso de acontecimientos históricos y que, por ejemplo, el mayor proceso de globalización conocido tuvo lugar en el siglo XVI, siendo liderado justamente por el Imperio español . Si se consulta la amplia bibliografía existente sobre la “economía global”, llama poderosamente la atención la ausencia de una definición rigurosa de este concepto etéreo que inunda, para bien o para mal, todo nuestro planeta en sus más importantes escenarios económicos. Sólo se encontrarán, al respecto, detalladas descripciones de un conjunto prolijo de rasgos del actual sistema económico mundial. Parece como si se esperara que, a partir de estas descripciones, el lector se forme subjetivamente, por sí mismo, alguna idea más o menos certera de lo que pueda ser una “economía global”.
Según Federico García Morales, en muchos casos el concepto de “Globalización” parte afirmándose como una realidad novísima que habría venido a imponerse a toda otra realidad, realizando sobre éstas una operación omnívora. A partir de su trabajo digestivo, sólo queda “la Globalización”. La economía, las sociedades, los sistemas políticos, la cultura sólo podrán proseguir en adelante como campos sometidos a ella. En este planteamiento se hace notar la influencia de corrientes como el postmodernismo, con su anhelo de “presencia” y su doctrina epistemológica del “borrón y cuenta nueva”. Una vez establecida la “Globalización”, ésta ya no necesita justificarse: es, en sí misma, la justificación de todo lo que llegue a ocurrir.
Afirma el mismo autor en “Los límites de la globalización”, que la inflación globalizante del capital tenía también otros soportes que se revelarían pasajeros, a saber:
1. El crecimiento del ahorro y de la inversión en zonas periféricas y su posterior canibalización por el capital transnacional.
2. La recuperación de Europa y de Japón.
3. El desarrollo de las economías-burbuja (el propio Japón, el Sudeste Asiático).
4. La fase final de la Guerra Fría que siguió a la segunda guerra mundial, con su intensa carrera armamentista, que catapultó a los EEUU a su situación hegemónica en la postguerra fría.
5. Las ventajas obtenidas por los nuevos centros imperiales en el despojo de las zonas coloniales nuevas y viejas (Medio Oriente, Asia Central, África, América Latina).
6. La expansión de las nuevas tecnologías (informática y biotecnología molecular).
7. La explotación irrestricta y acelerada de los recursos naturales.
8. Las reformas en los corredores alimenticios.
9. La plena mercantilización del consumo de masas y su creciente concentración.
10. La acelerada concentración del capital industrial y del capital financiero, tanto en los centros como en las periferias.
11. La hegemonía transnacional a lo largo de todo lo que conlleva este proceso.
12. La creación de amplios aparatos supranacionales de vigilancia del comportamiento económico y financiero.
Pero si seguimos avanzando en el trabajo de la inteligibilidad de un concepto muy amplio y complejo que no termina de revelar por completo sus ambigüedades, y poniendo de manifiesto el hecho de que, sobre todo, se trata -como su propio nombre indica- de una construcción de relaciones globales que convocan a diversos lineamientos de la acción social, hasta el punto que en la elaboración del concepto hay algo de politético -de construcción de muchos significados que alternan su presencia en la descripción del objeto- veremos que el uso cada vez más extenso del término lo llega a ubicar en el nivel de los paradigmas kuhnianos.
En este campo, muy pronto las definiciones se ven como insuficientes y ceden el paso a caracterizaciones en donde se distingue entre aquellos que muy habermasianamente , si es que no metafísicamente, insisten en realzar la entrada en operaciones de las novísimas redes comunicativas, y otro sector que se preocupa básicamente por destacar el valor determinante de las redes productivas, financieras y de consumo, de tal modo que la “globalización” quede señalada históricamente como un momento determinado del desarrollo capitalista. En esta última tendencia, la “globalización” viene a ser como una temática de “la economía mundial”, hasta el punto de que las crisis económicas mundiales pueden ser descritas como “crisis de la globalización”.
Unidos al primer sector están quienes aceptan, como efecto inmediato, una globalización que genera una gigantesca transformación política, que suprime al marco nacional y estatal de las economías, mientras en el segundo sector quedan ubicados los que miran con más calma la relación existente entre la clase empresarial y los estados nacionales. “…La globalización ha beneficiado a algunos y ha marginado a los más… Como la fuerza dominante que es en la última década del siglo XX, la globalización ha dado forma a una nueva era en la interacción entre naciones, economías y pueblos. Pero también ha fragmentado los procesos productivos, los mercados de trabajo, las entidades políticas y las sociedades”. El estudio agrega que las ventajas y la competencia de los mercados globales sólo podrán asegurarse si la globalización cobra “un rostro humano”. “Tanto tiempo como la globalización sea dominada por los aspectos económicos y por la expansión de los mercados, estará limitando el desarrollo humano…necesitaremos una nueva aproximación de los gobiernos, una que preserve las ventajas ofrecidas por los mercados globales y la competencia, pero que permita, al mismo tiempo, que los recursos humanos, comunitarios y ambientales, aseguren que la globalización trabaja para los pueblos y no para las ganancias”.
Pablo González Casanova, dice, por ejemplo: …”Tenemos que pensar que la globalización es un proceso de dominación y apropiación del mundo. La dominación de estados y mercados, de sociedades y pueblos, se ejerce en términos político-militares, financiero-tecnológicos y socio-culturales. La apropiación de los recursos naturales, la apropiación de las riquezas y la apropiación del excedente producido se realizan -desde la segunda mitad del siglo XX- de una manera especial, en que el desarrollo tecnológico y científico más avanzado se combina con formas muy antiguas, incluso de origen animal, de depredación, reparto y parasitismo, que hoy aparecen como fenómenos de privatización, desnacionalización, desregulación, con transferencias, subsidios, exenciones, concesiones, y su revés, hecho de privaciones, marginaciones, exclusiones, depauperaciones que facilitan procesos macrosociales de explotación de trabajadores y artesanos, hombres y mujeres, niños y niñas. La globalización se entiende de una manera superficial, es decir, engañosa, si no se le vincula a los procesos de dominación y de apropiación” .
Un libro que aporta mucho al nuevo trabajo definitorio que estamos intentando es el de John Saxe-Fernández . En los artículos allí reunidos, se destaca una visión de la globalización como “una dimensión del proceso multisecular del capitalismo desde sus orígenes mercantiles, en algunas ciudades de Europa en los siglos XIV y XV”. Y se le ve vinculado a un amplio conjunto de factores económicos y sociales, que se lleva, como es muy visible, actualmente dentro del marco de las economías capitalistas. O más precisamente, en el marco de la dominación imperialista. Es pues, un fenómeno histórico; no ahistórico como pretenden sus apologistas, que embriagan la globalización y la inflan en paradigma de esta época. Y aquellas definiciones que no la vinculan con el desarrollo capitalista vienen a ser sólo una mistificación y pueden ser entonces analizadas, como señala el propio Saxe-Fernández, “solamente en el marco de la sociología del conocimiento”, o sea, en el contexto de la consideración de la globalización como ideología.
Otro aspecto importante de anotar, es que la globalización tiene también un matiz ofensivo/defensivo. Es un proceso que más que unir, divide, y geoestratégicamente viene a depositarse sobre una desgarrada lucha por superar una profunda crisis que se viene arrastrando, durante la última década, en medio de una competencia cada vez más feroz por el reparto de las ganancias y de los territorios. La globalización de tal suerte concebida oculta posibilidades agravadas de conflictos mayores. En este sentido, no es en absoluto portadora de mensajes de paz, de democracia ni de progreso. Esto se puede ver en los capítulos 2 (”Seis ideas falsas sobre la globalización”, de Carlos Vilas) y 4 (”La Próxima Guerra Mundial: ciclos y tendencias del sistema mundial”, de Christopher Chase-Dunn y Bruce Podohink). Pero también se puede observar tal negatividad simplemente alzando la vista hacia el nuevo escenario internacional.
Se detecta, así mismo, otro rasgo o característica de singular interés: fatalmente, la “globalidad” o la “internacionalización” de la economía (o la “americanización”, en acertada expresión de Ben Jelloun), suele ser considerada, explícita o implícitamente, como un “hecho probado o axiomático”, algo que está ahí y que debe tratarse per se et essentialiter como surgida de las “fuerzas imparables del destino”, concepción que enlaza francamente bien con la “mano invisible del Hacedor” de la doctrina económica ortodoxa. Casi nadie se detiene a indagar acerca de las causas explicativas de esta situación. Actitud ésta que de algún modo podría ser disculpable, ya que el objetivo práctico es describir de la manera más sencilla posible esa situación, para que el empresario o el político deduzcan la estrategia que deben seguir al objeto de mantener el éxito en su negocio o en su gestión pública .
Un planteamiento curioso debido a Nicola Matteucci, proveniente del Diccionario de Política que coordinara con Norberto Bobbio, propone la siguiente tesis:
“El camino hacia una colaboración internacional cada vez más estrecha ha comenzado a corroer los tradicionales poderes de los Estados soberanos. Influyen mayormente en ello las llamadas comunidades supranacionales, que intentan limitar fuertemente la soberanía interior y exterior de los Estados miembros; las autoridades supranacionales tienen la posibilidad de asegurar y afirmar, por medio de Cortes de justicia adecuadas, la manera en que su derecho supranacional debe ser aplicado por los Estados a casos concretos: ha desaparecido el poder de imponer impuestos y comienza a ser limitado el de acuñar moneda. Las nuevas formas de alianzas militares sustraen a los Estados individuales la disponibilidad de una parte de sus fuerzas armadas, o bien determinan una soberanía limitada de las potencias menores frente a las hegemónicas. Pero hay también nuevos espacios, ya no controlados por el Estado soberano: el mercado mundial ha permitido la formación de empresas multinacionales que tienen un poder de decisión no sujeto prácticamente a nadie y que se hallan libres de cualquier control…”.
“Los nuevos medios de comunicación de masas han permitido la formación de una opinión pública mundial que ejerce, a veces con éxito, su propia presión para que un Estado acepte, lo quiera o no, negociar la paz o ejerza el poder de conceder la gracia, que en un tiempo era absoluto e inaveriguable…”
“La plenitud del poder estatal está en decadencia. Con esto, sin embargo, no desaparece el poder; desaparece solamente una determinada forma de organización del poder, que tuvo su punto álgido de fuerza en el concepto político-jurídico de soberanía.”
Esta tesis fue escrita en 1976, mucho antes de que se generalizara el uso del término “globalización”. Desde 1976 hasta nuestros días varios de los fenómenos señalados por Matteucci se han extendido, profundizado o intensificado, con el agravante de que frente al mayor poder económico y militar conformado en la historia -los Estados Unidos de América del Norte- desapareció el sistema soviético con la caída del muro de Berlín acontecida en 1989, mientras que los territorios y los pueblos que conformaban tal extinto sistema se hallan hoy en un muy penoso proceso de incorporación a la “aldea global”, como la llamara Marshall McLuhan.
El término globalización fue propuesto por Theodore Levitt en 1983 para designar una convergencia de los mercados del mundo. “En todas partes se vende la misma cosa y de la misma forma”, escribió Levitt. Dicho de forma tan absoluta, este aserto se me antoja irreal. El tipo de convergencia referido existe y es significativo. Socialmente puede ser referido a una gran parte de los productos que consumen los sectores de ingresos medios del mundo. En alguna medida, ocurre también con los sectores de altos ingresos. Los mercados de bienes de capital, en cambio, se hallan bastante segmentados y, desde luego, los inmensos espacios sociales ocupados por los sectores pobres del todavía llamado “Tercer Mundo”, son casi enteramente mercados locales. Esta realidad significa que sólo una fracción de la demanda se globaliza .
2. Homogeneización normativa y estatuto empresarial
El debate actual de la mundialización económica, probablemente, no es más que el viejo dilema existente entre Estado y mercado, pero llevado ahora a escala internacional. En su momento, se tuvo que establecer qué papel debía tener el mercado en la asignación eficiente de los recursos y hasta dónde debía llegar la intervención estatal para asegurar el viejo principio de la igualdad de oportunidades. En las sociedades más industrializadas y avanzadas del mundo occidental, estas dudas se resolvieron con la implantación del modelo denominado del “Estado del Bienestar”. Pues bien, este mismo debate se halla ahora planteado a escala global por el simple hecho de la integración de las economías y el auge de las telecomunicaciones y de las tecnologías de la información, pero con la dificultad añadida de que, a nivel supranacional, no se dispone de ningún contrapeso político y normativo que vigile este proceso de globalización y corrija, de un modo justo y equitativo, los peligrosos abusos que puedan derivarse del mismo.
De hecho, una de las mejores cosas que le pueden suceder a un país subdesarrollado es el poder acceder a los mercados proteccionistas de los países más industrializados. Pero esta liberalización debe acarrear, paralelamente, una regulación laboral, fiscal, medioambiental y social, con reglas transparentes y no vinculadas a un Estado u organización transnacional concretos. Y es que la internacionalización de la economía ha ido más deprisa -como suele acontecer también en otros aspectos de la actividad humana- que su regulación y control por parte de los poderes públicos democráticamente escogidos. Ha comenzado el match sin garantías ni apenas reglas del juego. Se trata, simplemente, de plantear que lo que está aceptado, e incluso obligado a cumplir a nivel nacional, lo esté también a escala global; lo que procede, en última instancia, es decidir en qué nivel de gobierno (local, regional, nacional o supranacional) debe regularse cada aspecto del problema o ejercer cada competencia, teniendo bien presente el principio político de la subsidiariedad.
En realidad, el debate planteado no es el del proteccionismo frente al internacionalismo o el del localismo frente a la mundialización, sino qué forma de internacionalismo debe aplicarse. Y resulta evidente que no debe tenderse a un modelo, como el actual, en el que se considere sagrado para el comercio internacional el derecho a la propiedad privada pero, en cambio, se condene, como una forma deleznable de “proteccionismo” en los países subdesarrollados, el derecho de huelga, a sindicarse, a disfrutar vacaciones y a trabajar en condiciones dignas, así como el deber (especialmente para las grandes empresas multinacionales) de pagar impuestos o de respetar el medio ambiente.
Parece también deducirse, como idea previa, que la globalización exige, de manera tanto implícita como explícita, la perentoriedad de la existencia de un orden económico y social estable y común entre las distintas economías, así como también de un ordenamiento económico-social más homogéneo en sus principios entre las distintas instituciones empresariales. La economía de mercado constituye, sin duda, este encuentro común en lo que se refiere a la configuración del ordenamiento económico y social, estableciendo aquellas normas de competencia que deben ser aceptadas por todos los participantes. Pero, al propio tiempo, el ordenamiento empresarial, la que podríamos denominar “constitución o estatuto empresarial”, debe ser también semejante en los países competidores, en cuanto a sus características fundamentales, para el logro del funcionamiento transparente de sus comportamientos.
3. La panacea liberal del comercio internacional
Las estadísticas sirven para presentar una extraña paradoja que se presenta, con frecuencia, al hablar del comercio internacional. De un lado, y desde un punto de vista teórico, se tiende a presentar el comercio internacional como algo movido por una infinidad de iniciativas empresariales que, superando las trabas e impedimentos obstaculizadores que oponen los diferentes Estados, logran establecer relaciones comerciales mutuamente ventajosas entre todos los países de la Tierra. Parece, en definitiva, como si sólo la libre iniciativa de los individuos fuese la responsable última y benéfica de ese comercio.
Sin embargo, por otro lado hay unanimidad en que una de las causas principales del crecimiento experimentado por el comercio internacional reside en la articulación, a finales de la década de los años cuarenta del siglo XX, de los acuerdos del GATT (General Agreement on Tariffs and Trade) y de Bretton Woods (establecimiento de los tipos de cambio fijos, con la activa participación, en su gestación, de John Maynard Keynes). Acuerdos, por cierto, que fueron posibles gracias al poderío y liderazgo indiscutible de los intereses políticos y económicos de los Estados Unidos de América, después de la segunda guerra mundial. Ante este hecho, la mayoría de los entusiastas partidarios de la “libertad del comercio internacional”, que tanto insisten en el protagonismo de las empresas privadas, suelen pasar de puntillas, como si caminaran sobre ascuas, al comprobar que un gran Estado -el mayor del mundo- lo promovió todo. La historia reciente del comercio internacional, en definitiva, pone de manifiesto que su impulso no fue consecuencia de la dinámica “individualista” y “neutral” del mercado libre, sino claramente promovido por un pacto político entre un grupo reducido de grandes potencias, precedido de durísimas negociaciones, y donde la asimetría de poder fue, y sigue siendo, absolutamente manifiesta.
Y es que la globalización es, en mucho, obra de los gobiernos, más que de los mercados por sí mismos. Justamente, después de que el proceso se convirtió en un fenómeno generalizado, inclusive entre las naciones más pobres del mundo, la mayor preocupación que asalta ahora mismo a los gobernantes, teóricos y responsables de organismos y agencias internacionales, es encontrar la fórmula mágica para evitar que las llamadas “fuerzas libres” del mercado se desboquen y nos conduzcan a catástrofes que podrían resultar apocalípticas.
La globalización no ha puesto en crisis las instituciones políticas preexistentes. Más bien las ha obligado a autorreformarse y a ponerse a tono con los nuevos tiempos. Si acaso, habrá puesto en crisis viejos y macilentos conceptos que hoy, sencillamente, ya no explican nada: ese podría ser uno de los pocos logros positivos de la globalización. Su futuro depende, casi en todo, de esas instituciones. No se puede globalizar (lo que quiere decir, en estos días, crear amplias zonas de libre comercio y competencia económica) sin la acción de los gobiernos, que son los primeros que tienen que ponerse de acuerdo para alcanzar la feliz consecución de esos fines. Los peligros que acechan una efectiva globalización no provienen de la expansión de los mercados, sino de los desacuerdos que puedan darse entre los Estados de las naciones implicadas en el proceso. La globalización, por lo demás, tendrá que ser una estrategia sostenida de común acuerdo y sometida a reglas y normas decididas entre todos o, por el contrario, se volverá un verdadero desastre. Más que un contenido económico, tiene un contenido político y de eso casi todos los que son responsables en el caso han tomado la debida nota .
4. Algunas ideas de J. M. Keynes
Por último, ya que nos hemos referido de pasada a Keynes en el expositivo anterior, veamos que aquel gran economista inglés siempre se negó a sostener el axioma del equilibrio presupuestario. Ello debería hacer reflexionar a algunos de los acérrimos defensores que de la “estabilidad presupuestaria” han surgido, en los últimos tiempos, en nuestro país. Es evidente que la defensa de dicho equilibrio equivalía a negar todo papel a la política fiscal con el fin de estabilizar la actividad económica, no tanto porque se negase la política de estabilización, sino porque ésta se hacía descansar en el doble apoyo de las fuerzas autocorrectoras del sistema y en las medidas de política monetaria. La década de los años 30 del pasado siglo fue muy adversa para sostener la confianza en este doble punto de apoyo del equilibrio presupuestario.
Respondiendo al ambiente reinante tras la gran depresión de 1929 y el hundimiento de Wall Street, la aportación de la teoría keynesiana consistió en ofrecer los argumentos capaces de negar la validez de ese doble cimiento del equilibrio en el presupuesto. Keynes creía, de una parte, que habíamos llegado al fin de laissez faire: no hay armonía natural alguna que garantice la restauración del equilibrio perdido. Un sistema económico puede estar en equilibrio con paro forzoso. En segundo término, la teoría keynesiana dudaba de que la dosis correctora de la política monetaria pudiera ser realmente eficaz. Este sabio escepticismo lo basaba Keynes en el cuadro en el que operaba la política monetaria. Su posibilidad de actuación residía, en última instancia, en variar la oferta de dinero fijada autónomamente por la autoridad monetaria de un país.
Pero esta variación de la oferta monetaria no actúa -según Keynes - de manera directa sobre la demanda de bienes. La mayor oferta de dinero determina, con la demanda del mismo, el tipo de interés; interés que a su vez influenciará la inversión, que compone, con el consumo, la demanda efectiva total de la sociedad que también condiciona el volumen de producción y de ocupación. Por lo tanto, un aumento de la oferta de dinero no elevará siempre la demanda efectiva. Ello dependerá de cuál sea la demanda de dinero (preferencia por la liquidez) y de cuál sea, en segundo término, la reacción de los inversores ante las caídas en el tipo de interés. Keynes dijo al respecto -en imagen que ha hecho gran fortuna- que “el líquido puede verterse varias veces entre la copa y los labios”, aludiendo al hecho de que un aumento en la cantidad de dinero, decretado por una política monetaria expansiva, podía, en primer término, no producir variación alguna del tipo de interés, siempre que la voracidad de la demanda de dinero fuese tal que estuviese dispuesta a engullir todos los aumentos de medios líquidos creados por el sistema bancario. Tal es la famosa “trampa de la liquidez” keynesiana, que puede inutilizar los mejores y bienintencionados esfuerzos de la autoridad monetaria. Pero, a mayor abundamiento, aún en el supuesto de que éste no fuera el caso -al que Keynes concedía que podía llegarse en un futuro- y que la oferta de dinero lograse reducir los tipos de interés, habría que ver cómo los inversores del país aprovechaban sus reducciones. Keynes contemplaba aquí una clase empresarial con expectativas variables, sujetas a frecuentes y exagerados cambios, a temores pasajeros y caprichos coyunturales, y frente a esta voluble clase empresarial existía un mercado de crédito caracterizado por tipos de interés estable, “el menos desplazable de los elementos de la economía contemporánea”, según lord Keynes. Así, los movimientos de las expectativas empresariales (o sea, la “eficacia marginal del capital”) determinaban movimientos espectaculares de la inversión que no podía compensar la política monetaria por su incapacidad y demora en reducir los tipos de interés. El resultado final era que la política monetaria perdía su energía en la procelosa cadena de transmisión de sus efectos. El líquido, en efecto, podía derramarse varias veces entre la copa y los labios. Y, por consiguiente, el cuerpo enfermizo de la economía podía no recibir efecto tonificante alguno, con lo que quedaba afirmada la gran duda sobre la eficacia de la política monetaria.
Veamos, en fin, que la famosa “tasa Tobin”, a la que nos referiremos posteriormente con mayor especificidad, constituye una propuesta de aquel ilustre economista americano, seguidor de Keynes, que no es más que una actualización de otra propuesta del gran maestro inglés. En efecto, en el famoso capítulo XII de la General Theory se halla ya concebido un impuesto sobre las transacciones, con el fin de vincular los inversores a sus acciones de forma duradera. Tobin traspasó esta idea en 1971 a los mercados de divisas; por aquel entonces, EE.UU. se despidió del sistema de tipos de cambio fijos establecido en los acuerdos de Bretton Woods y, al mismo tiempo, las primeras transacciones electrónicas de dinero por ordenador prometían un gigantesco aumento del número de operaciones a realizar. Tobin pretendía aminorar la velocidad de este proceso para que se especulara menos y para que los tipos de cambio no fluctuaran tanto. Hoy en día, en que cualquiera puede comerciar en el mercado de valores desde su casa, con un simple ordenador personal provisto de un vulgar módem de comunicaciones, este problema se ha acrecentado muchísimo.
Resulta utópico actualmente, por otra parte, volver a un sistema de tipos de cambio fijos para la protección de las monedas, puesto que los grandes especuladores internacionales dejan a los bancos emisores en off side con sus maniobras y manipulaciones. El ejemplo más relevante lo tenemos desde hace unos meses en Argentina, que acopló su moneda nacional, el “peso”, directamente al dólar USA, con los resultados pésimos e indeseables que la condujeron a la crisis catastrófica de comienzos del año 2002. Esos tipos de cambio irrefutables son peligrosas invitaciones a la especulación: los traficantes apuestan a si los bancos emisores tienen la voluntad y la capacidad de defender los tipos de cambio acordados.










